Dr.Romeu y Asociadas · Blog · Sexualidad : ¿Cómo es la respuesta sexual de varón?
respuesta sexual de varon

¿Cómo es el sexo del varón?

Dice uno de nuestros amigos sexólogos, Bolinches, que el varón, en el sexo, actúa como una cerilla. Fácil de encender y de consumir. Y que la mujer, en cambio, actúa como una plancha eléctrica. Más lenta en alcanzar su temperatura ideal, pero capaz de actuar caliente durante mucho tiempo.

Yo añado un comentario: el manual de instrucciones de una cerilla es mucho más fácil que el de una plancha eléctrica. Por eso las mujeres tienen más fácil entender cómo funcionan los hombres, que viceversa.

El pene

El pene es el elemento más aparatoso de los genitales del varón. Está relleno de una tupida red de vasos sanguíneos, los cuales, al llenarse de sangre a presión, provocan la erección: lo que vulgarmente se llama “levantarse” o “empinarse”.

Tamaño del pene

A pesar de que suele tratarse de una de las preocupaciones máximas del varón, el tamaño del pene es bastante irrelevante en cuanto a dar u obtener placer.

El tamaño del pene en flaccidez (o sea: arrugado) oscila entre 3 y 10 centímetros, según personas. Tan normal es el pene de 3 centímetros como el de 10. Pasa algo así como en la estatura, que puede oscilar entre poco menos de un metro y medio hasta los más de dos metros de los jugadores de baloncesto.

El tamaño del pene en erección (o sea, tieso) oscila entre 8 y 25 o más centímetros. La media está alrededor de 13 centímetros. No hay relación entre el tamaño de un pene flácido y el mismo pene enhiesto. Un modesto pene de 3 centímetros en flojedad, puede pasar a veinte centímetros en estado de euforia.  De la misma forma que un prometedor pene de 10 centímetros en posición de descanso, puede no sobrepasar los 15 en posición de firmes

”¿Es posible aumentar el tamaño del pene?”

Cada cual debe conformarse con lo que tiene, aunque últimamente se anuncian cirujanos plásticos con capacidad para alargar unos tres centímetros cualquier pene poco airoso. La verdad es que (en nuestra opinión) no vale la pena.  Cualquier tamaño de pene se ajusta bien a cualquier vagina. Como veremos más adelante, la vagina se “aprieta” para adaptarse al tamaño de lo que se le ofrece. Ni un pene grande pasará apuros (recordemos que por ahí debe pasar la cabeza de un niño), en tanto que un pene modesto sentirá como la vagina correspondiente se amolda a sus dimensiones durante la realización del acto sexual.

Los seguidores de videos pornográficos habrán podido admirar penes ciclópeos, de hasta 80 centímetros de eslora (según rezan las carátulas). Tales larguezas son espectaculares para su exhibición visual, pero altamente fastidiosas a la hora de ponerlas a trabajar. No digamos, si su poseedor aqueja alguna que otra erección espontánea. Por ejemplo, con el traqueteo de un trayecto de autobús. Puede ser motivo de perplejidad, cuando no de escándalo, si el desmesurado artilugio se empeña en asomar cabeza por encima del cinturón o, mucho peor,  por el cuello de la camisa.

Es frecuente que algunos hombres realicen esfuerzos para mejorar el tamaño de su pene. Nuestro consejo favorito, en estos casos,  es que cada cual debe conformarse con lo que tiene.  Si alguien quiere intentar agrandárselo, el mercado ofrece las siguientes posibilidades:

1.     Métodos mecánicos. Bombas de vacío y ejercicios..

a.     Las bombas de vacío no sirven para aumentar el tamaño del pene, digan lo que digan las publicidades. Como máximo producen dolor, malestar y, las más de las veces, indignación. Existe el riesgo de que el pene, al ver que se acerca el maligno instrumento, intente escurrir el bulto haciéndose más pequeño todavía. La bomba de vacío tiene solamente una utilidad: ayudar en la erección de penes lentos a causa de problemas vasculares. Se puede probar, bajo control médico.

b.     Ejercicios manuales y estiramientos con aparatos. Como mucho aumentan el tamañodel pene si producen erección, pero solamente mientras esta se mantiene.

2.     Operación quirúrgica consistente en cortar el frenillo que mantiene unos dos cm de pene dentro del cuerpo. Se consigue aumentar estos dos cm. Valore el precio de la operación, y a cuánto le sale el cm. Otra cosa, si no se hace muy bien, el pene cae bajo los efectos de la gravedad y se empeña en apuntar al suelo.,

3.     Inyecciones de colágeno (prohibidas en casi todo el mundo) o de grasa propia. La grasa se extrae de la barriga. Se coloca, mediante inyecciones, en la zona de debajo de la piel del pene, con lo que aumenta su grosor. No mejora la largada ni la consistencia del aparato cuando se yergue. La grasa se reabsorbe en unos 5-6 meses, con lo que debe volver a aplicarse. Un pequeño desastre, se mire como se mire.

”El tamaño, ¿importa?”

Una empresa checa fabricante de condones (Pepino Condom Company) distribuye, en discotecas y pubs de Chekia,  unas postales destinadas a medir el tamaño del pene. Aunque el nombre parezca una broma, Pepino es una casa seria. Fabrican toda clase de condones, en diferentes medidas. La finalidad de las métricas postales es establecer una conexión con sus potenciales usuarios.

En un viaje a Praga, el 2003, para asistir a un congreso de sexología, tuvimos ocasión de acceder a una de esas tarjetas pautadas para determinar manga y eslora del fálico cachivache. De hecho la casa Pepino® organiza fiestas discotequeras para promocionar sus productos.

Las postales llevan una regla en centímetros (desplegable). El título es un mensaje nada subliminal que dice: “Sé hombre. Mídetela. Es bueno hacerlo” y expone una lista de premios por tamaño (largo y circunferencia) que se entregan en las  interesantes veladas. Los premios consisten en lotes de productos de la casa, quizá unos “Packs  básicos para el hogar” , que llevan doce condones lubricados, de látex natural , de los que existen varios tipos: normales, con sabor a plátano y fresa,  extra-rugosos y excelsos.

Los usuarios de las pollas más pequeñas reciben el calificativo de “primates”, seguidos por los “chacales”, “jabalíes” y “toros”.  No sabíamos que los chacales y los jabalíes calzaban tan considerables mingas, solo superadas por la del toro bravo. Creemos que las más sorprendentes que hemos visto son las de los burros y elefantes, en cuanto a animales terrestres, y la de la ballena gris, entre los mamíferos acuáticos.  El instrumento fornicador de las ballenas alcanza el tamaño (en largo y ancho) de un Jeep, de 4 a 7 metros de largo con su correspondiente circunferencia. Los apareamientos de ballenas, en aguas antárticas, cuentan con un público fiel, en

tre los que suponemos a más de un zoofílico. Los osos, en cambio, la tienen muy pequeña en contra de lo esperable por su aspecto fiero, a pesar de lo cual se llama “osos” a los homosexuales mayorzones y peludos, los cuales suelen ostentar aditamentos que harían desmayar de miedo a más de una osa en celo.

Claro que, si hubieran elegido esas otras bestias para nominar al vencedor, celebrar al cliente como “asno” o “ballena” podría haber resultado ofensivo. “Toro” está bien, y sugiere un animal con leyenda de prestancia y valentía, aunque con el demérito de llevar cuernos. Los checos deben de haber visto pocas corridas actuales, pues los toros de hoy suelen andar flojos de manos y cortos de casta. Siempre se puede argumentar que, si caen al suelo con frecuencia, es por el peso de sus partes. Pero aunque eso pueda dar el pego en la república checa, no creemos que fuera aceptado en España, especialmente entre los entendidos que ostenta cada plaza que se precie.

”Curiosidades acerca del diseño del pene”

El profesor Gordon Gallup, en el New Scientist magazine, publicó un trabajo efectuado por un equipo de la “State University of New York”, acerca de la funcionalidad que supone el diseño del pene. Concluye Gallup, en este estudio, que el pene es un auténtico instrumento de desplazamiento del semen no deseado. Para efectuar su investigación emplearon un pene de silicona, una vagina artificial y un “simulacro de semen” realizado con almidón y agua, con similar viscosidad y densidad a la del semen original.

En las introducciones del pene en la vagina, tras haber colocado allí el semen artificioso,  el 90% de “esperma” fue eliminado por los penes que tenían una buena corona del glande. Los que no disponían de este generoso artificio eliminaban únicamente un 35 %. Encontraron también que la profundidad del “empujón” tenía también su importancia.  Tres cuartas partes de los “empujones” eliminaban menos del 40% de la viscosa mezcla.

Es curioso que, en encuestas efectuadas a los estudiantes, estos mostraran tendencia a ser más enérgicos en sus pujas y sacudidas cuando sospechaban que las chicas les estaban engañando con otros chicos. Los autores lo interpretan (es mucho interpretar) como un posible intento de desplazar el hipotético semen de los antagonistas previos.

Da la sensación de que los científicos de la universidad estatal de New York tienen bastante tiempo para perder. Un estudio de este tipo demuestra lo que demuestra: que los cipotes con mayor corona en el surco balanoprepucial ejercen un efecto de remoción sobre líquidos viscosos asentados previamente en la vagina. De ahí a suponer que ello es un efecto evolutivo para favorecer la competición va un mundo.

¿Será la “postura del misionero,”con el varón encima,  otro intento evolutivo?  La gravedad permite un mejor aposento del semen en la vagina y facilita el arduo camino hasta el cuello de la matriz. Los misioneros puritanos que, en la Polinesia, desaconsejaban la “postura de los perritos” lo hacían para evitar confusiones entre agujeros y subsiguientes enculamientos (que eran pecado) y para apartar a los pobres indígenas de costumbres que, los misioneros, sospechaban bestiales. Aburridos que eran esos misioneros.

¿Y qué decir de la higiene? Los machos actuales se lavan cuidadosamente la chorra antes del coito. Al menos, los que se consideran civilizados y elegantes. Las féminas, asimismo, prodigan abluciones en los bidés y, las más remilgadas, jabones dermatológicos y esprays vaginales. Aparte de eliminar el olor a vagina (por otra parte muy apetitoso en vaginas con unas seis horas de post – lavaje) se consiguen, fácilmente, reacciones alérgicas y pruritos que dan al traste con el encanto del momento. ¿Será el lavado vaginal una exigencia masculina con la idea de apartar los espermatozoides allí entrometidos y no deseados?

¿Son más excitantes para las chicas los penes de ostentosa corona? ¿Indican masculinidad,  exclusividad al reclamar las prestaciones vaginales? ¿Son una indicación simbólico-natural de la inscripción que los maridos árabes colocan en los anillos nupciales de sus esposas: “Mis genitales tienen dueño”? ¿Las pichas largas y gruesas, de corona poderosa, indican la excelente capacidad procreadora de sus poseedores? ¿Por qué (o para qué) los gays bien dotados con penes magníficos, son muy apreciados por sus cofrades en los cuartos oscuros, bien sea para la deglución o para la introducción posterior sin atisbo alguno de afán procreativo?

Son preguntas retóricas, sin respuesta clara. Obsérvense los lectores el propio pene empinado, y las lectoras los penes que calzan sus allegados. Si la corona es amplia, rotunda, sepan que (según los de NY)  se trata de penes muy evolucionados, capaces de desplazar enemigos con la misma facilidad que ostentan los afganos en cargarse los americanos suyos de cada día. Penes orgullosos, sobrados, capaces de inmiscuirse entre las filas enemigas sin despeinarse y causando estragos.

”El pene ¿circuncidado o no?”

Es probable que la circuncisión ritual de muchas religiones fuera, al principio, un acto de higiene. Un pene circuncidado es más fácil de limpiar y se irrita menos con la orina. Huele mejor. Incluso está más protegido de cara a enfermedades graves, como puede ser el cáncer de pene.  Por la uretra, además de la orina y el semen, se eliminan restos celulares en forma de una especie de engrudo blanquecino, llamado esmegma, el cual puede resultar irritante para el glande si no se lava. En el caso de penes con el prepucio muy cerrado o con el frenillo del prepucio muy corto, resulta imposible destapar el glande y lavarlo como Dios manda.

Curiosamente, dos de las religiones monoteístas más importantes exigen la circuncisión a sus miembros (miembros viriles, por supuesto). Nos referimos a la religión judaica y al Islam. Los hebreos circuncidan a sus niños poco después del nacimiento. El ritual exige que lo haga un rabino especializado, que después chupa la herida para cortar la sangre. Se conocen casos de un solo rabino, tuberculoso, que contagió por esta vía a innumerables niños, al inocularles el bacilo con la saliva. Suerte que, cuando los pequeños llegaban al cielo, Jehová les reconocía como pertenecientes al pueblo elegido tras pasarles la pertinente prueba del pene.

Los musulmanes circuncidan a los niños a una edad mayor. Es el equivalente de la primera comunión de los católicos o, quizá, de la confirmación. Se hace una fiesta, se estrena traje y se reciben regalos.

Entre los historiadores romanos de la antigüedad, llamaba la atención esta costumbre de los hebreos. El Islam aún no estaba inventado. Algunos historiadores no dejaban de extrañarse ante la adoración a un Dios único tan camorrista como el que describe el Antiguo Testamento: fabricaba ángeles erróneos (que pecaban) y los castigaba convirtiéndoles en demonios; destruía ciudades como Sodoma, Gomorra y Jericó, asesinaba filisteos de mil en mil, mandaba diluvios universales, montaba unas plagas de aquí te espero a los pobres egipcios, ordenaba a Abrahan matar a su hijo (nada, una broma) y le hacía a Job las mil y una solamente para demostrar que la paciencia de un santo debe ser infinita. Bien es verdad que los dioses romanos, idénticos a los dioses griegos del Olimpo también tenían sus manías y travesuras, pero ninguno las tenía todas tal como el esquinado Jehova.

Pero nada tan alucinante para los romanos como el curioso afán de ese extraño dios hebreo por coleccionar prepucios.

Hoy en día la circuncisión, mejor llamada operación quirúrgica de la fimosis, tiene finalidades higiénicas. Los penes circuncidados, con sus capas de piel suplementarias (que se desarrollan durante años) llegan a grados de dureza muy apreciables. Tenemos un amigo, dentista a mayor abundamiento, que, durante el servicio militar, demostraba el sólido curtido de su glande circuncidado descortezando árboles con la punta del pito. Les aseguro que causaba desmayos entre la concurrencia de compañeros, los cuales asistían pálidos (y con dolor reflejo en la entrepierna) a la curiosa y fakírica demostración.

No es problema tener el penecillo recubierto por la natural túnica. Especialmente si, mediante la pertinente maniobra somos capaces de descubrirlo y limpiarlo. La parte más alta del pene, llamada glande, si queda cubierta por el prepucio y no se limpia, como mínimo hace mal olor. El olor es un problema relativo. En tiempos no muy lejanos, el olor corporal y, muy especialmente, el olor de los genitales, tenía propiedades afrodisíacas. En el siglo XX, con el triunfo de la higiene y del jabón, los olores corporales son manifestaciones de escasa limpieza.

Más problema que el olor es la posible irritación del glande, tanto por los restos de orina, como por los restos de células muertas de los conductos genitales y de la próstata. Estos restos, blanquecinos, en forma de pequeñas concreciones, que responden al nombre de esmegma, no solamente pueden resultar excitante, en el peor sentido del término (o sea, irritante), sino incluso infecciosos o cancerígenos.

Es probable que, en el inicio de la práctica circuncisoria , ya descrita en inscripciones egipcias, las finalidades sean higiénicas. Las religiones que proponen la circuncisión como un acto iniciático, o de purificación, o de conciliación con Dios, seguramente santificaban lo que no era sino un acto de salud y de limpieza. Los buenos Dioses aconsejaban o exigían a sus fieles actividades útiles o salutíferas.

Por ejemplo, no comer cerdo es muy útil para pobladores del desierto. Criar cerdos en zonas áridas es muy caro. Los cochinos se alimentan de grano, que debería cultivarse, lo que sería complicado en zonas donde lo único que crece en paz es la hierba. Si algún grano se produce mediante sistemas agrícolas no será para dárselo a los puercos sino para comerlo los humanos. Los cerdos, además, necesitan grandes cantidades de agua; mal negocio en los desiertos, sean de Arabia o del Negev (Israel). Si los animales no tienen agua para bañarse buscan la hidratación revolcándose en sus orines y heces lo que les convierte en malolientes y difíciles de acomodar en casas de vecindad. Encima pillan enfermedades transmisibles a los humanos como la triquinosis y la peste porcina española.  Tanto Jehová como Alá muestran sensatez al prohibir el jamón a los pobretes desertícolas. Igual que les obligan despellejar sus glandes para que. luzcan límpidos y con brillo

Un pene incircunciso debe ser descubierto, con cierta frecuencia, para ser lavado. De lo contrario, corre el riesgo de oler mal, aparte de infectarse con facilidad. Por otra parte, tiene un mayor riesgo de padecer cáncer de pene.

”¿Tiene buenas erecciones un pene incircunciso?”

El prepucio, para permitir la erección perfecta, debe tener una abertura suficiente como para retroceder sin trabas, dejando libre el glande para mejores hazañas. En el caso de no ser así, como en estos ejemplares de las ilustraciones de abajo, la erección puede verse limitada o ser dolorosa a causa del freno que supone la estrechez del aniñño prepucial. Ello también complica, o impide, un buen lavado del glande.

Los glandes de ese tipo son refinados y algo melindrosos a la hora de las arremetidas. Recordemos que tienen unas dos capas de epidermis, por las 8 o más que ostentan sus condiscípulos circuncidados. La caricia debe suministrarse por encima del pellejo prepucial, por lo que se deben trabajar con energía. Siempre vigilando de no forzar su descubrimiento (descapullar, dicen los castizos) para no irritar el prepucio. De todas formas, en este tipo de pijas revestidas los prepucios siempre acaban pagando el pato si las arremetidas tienden al descomedimiento.

Sus glandes, o lo poco que se descubre de ellos, buscan mimitos antes que refregones violentos. Buenos glandes para la caricia bucal, en bocas de oponentes con exquisita educación y maneras suaves. Bocas ordinarias, rasposas, con dientes cariados o tendentes al mordisco, abstenerse.

Es un glande susceptible de ser limpiado varias veces al día, para evitar que acumule restos de orina o de esmegma (células muertas) en sus pliegues, lo que, aparte de propiciar problemas higiénicos, empeoraría su olor.

”¿Puede mantenerse sin riesgo un pene incircunciso?”

La respuesta es sí, a condición de que pueda ser descubierto. Algunas veces la cerrazón del prepucio, llamada fimosis, es tal que impide por completo su develamiento. En tales casos resulta adecuada una pequeña intervención quirúrgica, bien para eliminar el prepucio (operación radical), bien para ensancharlo o para eliminar el frenillo que impide la revelación absoluta del glande.

Los poseedores de penes incircuncisos suelen presumir de varias capacidades, imposibles de exhibir a los circuncidados. Por ejemplo: muchos de ellos son capaces de masturbarse con un solo dedo. Enfundan el dedo índice con el prepucio y efectúan movimientos de rotación sobre el glande, con lo que alcanzan espléndidos orgasmos imposibles de conseguir mediante otras técnicas.

Los penes incircuncisos, por otra parte, son mucho más sensibles a los tocamientos o lamidas. Al estar el glande protegido por el prepucio, no suele tener más allá de dos capas de epidermis, en contraste con las siete o diez capas de epidermis de un pene circuncidado. Ello hace que la piel sea infinitamente más sensible. Cuando es insertada en una boca, y adecuadamente lamida, la pija incircuncisa es infinitamente más agradecida que su congénere despellejada.

El pene incircunciso, en su esplendor, suele ser envidiado por pos penes judíos e islámicos, que no dejan de admirar su elegante cuello de cisne.

Si la fimosis es tal que la cerrazón dificulta el descubrimiento del glande, puede crear problemas. Los penes incircuncisos, o sea, en estado natural, deben ser descubiertos con regularidad para lavarlos. Con ello se gana en salud. Un pene incircunciso y no lavado es más proclive a las inflamaciones, e incluso al cáncer.

”Fimosis y/o frenillo sucinto”

A veces más que la estrechez del prepucio, lo que crea problemas es la cortedad del frenillo. Es esa pieza que une el prepucio al glande. La solución para los frenillos menguados es un simple corte. Por supuesto que debe ser efectuado por personal médico y con las garantías higiénicas que ofrece un quirófano bien equipado para pequeñas intervenciones.

”Parafimosis: el terror incircunciso”

El mayor riesgo de una fimosis es provocar la llamada parafimosis. Se produce cuando  la piel del pellejo fimótico aprieta, como un anillo, la cabeza del pene, provocando su inflamación. Si el pene se quiere poner tieso, quizá lo logre, pero el anillo opresor impedirá el vaciamiento de la sangre acumulada en el glande. A partir de ahí, la debacle. Se puede acabar, con una desmedida y dolorosa hinchazón, en la sala de urgencias. Si el fenómeno se produce mientras el pene se solaza dentro de una vagina u otra cavidad corporal apetecible, y queda anclado en el sitio a causa de la hinchazón, se produce lo que se llama “penis incarceratus” (pene encarcelado). La llagada a urgencias de la ambulancia con los dos tortolitos ensartados y cubiertos con una manta, suele ser saludada por irrespetuosos vítores del personal.

”El colmo del “Hágalo Usted mismo””

El colmo del bricolaje es un aparato, con mecanismo parecido al de los  cortapuros,  adecuado para cercenarse uno mismo la piel prepucial. Bien es verdad que en zonas deprimidas del tercer mundo los prepucios se cortan con cristales rotos o con navajas barberas desmochadas. Pero no es menos cierto que se produce más de una muerte por las posteriores infecciones o por desangramientos inesperados. No recomendamos a nadie que intente la auto circuncisión, ni siquiera con un instrumento sofisticado. Una indecisión, un temblor, y se troncha la minina sin posibilidad de enmendar el doloroso yerro.

”Cirugía reparadora “

Por duro que parezca, la cirugía es la mejor manera de circuncidar y, por tanto, de solventar una molesta fimosis. Se corta lo que sobra, se hacen unos pespuntes bien bonitos, y a lucir

”Penes decorados”

lgunos penes gustan de ser adornados con aditamentos perforantes. que pueden tener finalidades estéticas. Otros parecen ideados para provocar un alargamiento de las partes blandas, a base de ponerles peso. No os perdáis el nombre de la pieza en forma de anillo ensartada por la uretra: Príncipe Alberto, se llama.

Algunos de los metálicos adornos se insertan en el prepucio, lo que parece ser más suave que los engarces directos en el glande. Suponemos que se trata de glandes forjados en mil batallas, capaces de soportar con estoicismo las banderillas, las picas y las estocadas en la misma cruz.

Algunos de los anillos ciñen el penecillo cual si se tratara de alianzas matrimoniales. Algunos pervertidos clásicos calzaban tales aros con finalidades masturbatorias. Pueden ser de ayuda los anillos de quita y pon para mantener la erección.

Otros, apretando el cilindro fálico, dificultaban la salida de la sangre acumulada durante la erección, lo que permitía alargar el tiempo de ésta. Por supuesto, a costa de un alto riesgo: la hinchazón incoercible del pene, llamada priapismo, y la imperiosa necesidad de acudir a un servicio de Urgencias para hacer el mejor de los ridículos, ante el choteo inexorable de los médicos de guardia.

Es curioso cómo costumbres ancestrales y (casi) olvidadas se convierten en complementos de moda. Los tatuajes y piercing invaden anatomías de personas que, antropológicamente, uno no esperaría ver con ese tipo de galas. 

Los aderezos corporales en forma de tatuajes o piezas ensartadas no eran bien vistos en nuestra sociedad hasta hace relativamente poco. Los tatuajes, bien que adornos ampliamente empleados en culturas de las que pomposamente llamamos primitivas, no eren bien vistos en nuestros ambientes más cultivados.

Los tatuajes, en Occidente,  se solían adscribir, para entendernos, a los marineros, entendiendo como tales a personas de estofas más bien menguadas, enroladas en barcos mercantes para realizar tareas manuales y, probablemente, en trance de huir de su destino o de la justicia.

Bien es verdad que los jóvenes burgueses amantes de la mar, o de una vida aventurera, solían tatuarse para revelar su atracción hacia la vida errante, siempre respaldada por una familia pudiente con posibilidades de acogida tras la experiencia parabólica de representar al hijo pródigo.

¿Las mujeres? Bien; gracias. Solamente barriobajeras, meretrices o piratesas incurrían en tatuajes. Algunas de ellas sin excesiva voluntad, al ser marcadas en forma infamante por la justicia, como forma festiva de sustituir el desorejamiento propio de los castigos a las coimas en épocas más represivas.

Las guarniciones engarzadas en la piel, o en algunos frenillos y ternillas, tenían casi un exclusivo ingrediente: el arcillo o pendiente colocado en la oreja. Algunos piratas (de preferencia borrachos) acomodaban en su tabique nasal similares aditamentos, pero tales piezas se tenían más como demostrativos de negritud y, por supuesto, de marginación, que como adornos galantes.

Algunas tribus africanas, maoríes, o de alguna de las innumerables islas indonesias, apreciaban enclavarse toda clase de artilugios punzantes en diversas zonas anatómicas, aún las más íntimas y, en apariencia, dolorosas. Tales modas han arrasado en nuestras comunidades, de forma que no es extraño ver a personas de una cierta calidad social presumiendo de tatuajes y espetones.

Ni decir tiene que los advenedizos, como siempre, son los primeros en apuntarse a la hecatombe. Futboleros, cantantes y deshechos manicomiales reciclados para “Gran Hermano” son elementos fácilmente expositores de toda clase de dibujos de mayor o menor gusto plasmados sobre sus pieles y pelajes.

En los ambientes carcelarios, los tatuajes son otra cosa. Nos informan acerca de la especialidad de cada cuál (asesino, ladrón, violador de monjas, etc.) y de la cantidad de condenas que se llevan a las espaldas. Son tatuajes monocolores, efectuados con agujas despuntadas y tintas ingeniosamente construidas a base de saliva, excrementos y desconchados de las paredes. Las máquinas que hacen vibrar las agujas suelen ser afeitadoras  ingeniosamente reconvertidas. Infecciones y SIDA garantizados.

¿Existen personas que tienen querencias eróticas hacia los tatuajes? ¿Creerá alguien que plasmando figuritas en los labios mayores, estos alcanzan las mejores cotas de la lujuria? ¿Es prudente grabar frases triunfales en el pene, “Viva mi dueño” por ejemplo?

La respuesta es que hay gente para todo. En los magacines pornográficos suelen abundar las niñas con pequeños detalles en las nalgas, o en lugares más arriesgados. También los hombres suelen desplegar generosos cipotes ilustrados con orgullosas inscripciones. Los fetichistas de tales artes deben de ponerse las botas ante sus decorados especímenes.

Los piercing parecen más comprometidos. Siempre se corre el riesgo de ensartarlos con una prótesis dental, pongamos por caso, o de tragárselos en un momento de desvarío. Aún así, dicen las castizas que un buen pene anillado proporciona sensaciones difíciles de remedar sin este tipo de ceñiduras.

El pene y sus aledaños

Lo vemos aquí en una típica imagen anatómica llamada sección sagital. Podemos ver las relaciones de las vías urinarias, por las que sale la orina, y las vías seminales, por donde discurre el semen.

Vejiga urinaria: Recoge la orina (fabricada por el riñón). Su cabida: hasta dos litros de orina. Cuerpos cavernosos: Conjunto de vasos sanguíneos que, al llenarse de sangre, provocan la erección del pene. Glande: Parte extrema del pene, normalmente la más sensible desde el punto de vista sexual. Salida de la uretra: Orificio por donde sale la orina y también el semen. Escroto: Bolsa de piel que contiene los testículos. Testículo: Glándula sexual, donde se fabrican los espermatozoides y la testosterona (hormona sexual femenina). Epidídimo: Aquí se recogen los espermatozoides antes de su uso. Vaso deferente: Por aquí los espermatozoides se dirigirán a su almacenamiento en las vesículas seminales. Vesícula seminal: Depósito desde donde los espermatozoides serán expulsados para que cumplan su función. Conducto eyaculatorio: Por aquí se dirigen a la uretra cuando tienen que salir al exterior durante la eyaculación. Próstata: Glándula que fabrica líquidos nutrientes para los espermatozoides, y que también sirve para dar fluidez al esperma. Glandulas de Cowper: Fabrican un líquido gelatinoso que empieza a gotear cuando empieza la excitación sexual. Puede arrastrar espermatozoides, capaces de procrear, aún mucho antes de que se produzca la eyaculación.

Respuesta sexual del varón

El hombre suele tener una respuesta sexual fácil. Sea por naturaleza, o por cultura, siempre ha estado mejor aceptada la respuesta sexual de los hombres (“ya se sabe”) que la de las mujeres. En un delicioso libro del Dr. Santiago Dexeus, editado (rigurosamente para médicos) en la década de los sesenta, cuyo título era “La frigidez femenina”, aparecía la entrañable frase de una abuela a su nieta, el día de la boda: “A ti esto no te va a gustar. Pero si te gusta…¡disimula!”.

Era doctrina habitual adiestrar a nuestras madres acerca de que”el placer sexual solamente lo sienten las mujeres ligeras de cascos, o sea, putas”.

Con los hombres existía, y existe, una mayor liberalidad. Se admite que un hombre tenga “aventuras”, pero se le juzgará como “manso” y “cornudo” si quien las tiene es su esposa (que, por otra parte, será calificada como “pingo” o cosas peores). Si un hombre va de putas con frecuencia, se le etiquetará de “putero”, expresión más cariñosa que despreciativa. Algunos presumen de ello. Un personaje de novela (Las Hermanas Coloradas, de García Pavón, premio Nadal) blasonaba con orgullo: “Aquí donde me ve, yo soy muy putero”.

En los libros sociológicos sobre el sexo aparece el dato de que el 90 por ciento de los varones se masturba, en tanto que es menor el número de mujeres que lo hace (alrededor del 66 por ciento).

El hombre reacciona sexualmente con viveza, rapidez, y pocas contemplaciones. No necesita grandes estímulos psicológicos. Prefiere los estímulos claramente sexuales. La visión de una mujer empelotada (para un varón heterosexual) suele ser fuente de excitación, aunque la mujer no sea totalmente de su agrado. Mientras no sea repulsiva, basta. Una mujer, en cambio, necesitaría estímulos psicológicos (lo veremos más adelante).

Cuando alguna de mis consultantes me pregunta algo así como “¿Qué puedo hacer para interesar sexualmente a un hombre?” mi respuesta es obvia, y un poco cruda: “Colócate a su lado, mírale con una sonrisa pícara, y coloca tu mano dominante sobre su bragueta. Verás (y tocarás) qué pronto se interesa.” Uno de los más brillantes escritores pornográficos de finales del siglo pasado, el belga Pierre Louys escribe en su venenoso “Manual de educación para señoritas”: “Si quieres seducir a un hombre, coloca un grano de azúcar en la punta de su pene, y chupa cuidadosamente hasta derretirlo.” Pocos hombres se resisten a este tipo de sutilezas.

El hombre mejora su estado de ánimo cuando se excita sexualmente. A menos que esté con una grave depresión mejora su humor en el momento en que advierte la posibilidad de un contacto sexual. De ahí que, en la vida de pareja, intente acabar las discusiones y disputas con un lance de cama. Lo cual suele irritar a su oponente femenino, para quien la excitación es imposible si el estado de humor no es perfecto.

Fases de la respuesta

Estudiaremos las fases de la respuesta sexual del hombre.

Cuando el hombre se encuentra ante un estímulo sexual, rápidamente se excita. Bien sea en solitario o en compañía, con estímulos de pensamiento, visuales, o táctiles, la excitación aparece en pocos segundos. En su cuerpo se producen una serie de cambios. El más evidente es la erección del pene, pero no es el único. Aparecen contracciones musculares en las zonas adyacentes a los genitales, algunas de ellas voluntarias y otras involuntarias. Los testículos van hacia arriba, al tiempo que se engruesa la piel de la bolsa que los recubre (el escroto). Empieza también a acelerarse el ritmo cardíaco y a elevarse la presión arterial.

Esta fase puede alargarse, mientras no se produzcan caricias directas sobre el pene. Cuando éste es sometido a las pertinentes presiones, sacudidas y zarandeos, se llega rápidamente a un máximo que ya no va a variar hasta llegar al orgasmo: es la fase siguiente, de meseta.

Durante esta primera fase, y sin actuar directamente sobre el pene, el hombre es capaz de mantener la excitación y dedicarse al “juego sexual” de besos, caricias y masajes, que debe preludiar al acto sexual. Aunque el hombre, en esta fase, se excita mucho y muy rápido, debe pensar que la mujer necesita más tiempo y, sobre todo, un clima agradable y unas actitudes del hombre que le transmitan afecto y cariño.

En el momento en que el pene recibe la adecuada ración de fricciones (manuales, bucales, vaginales, o lo que sea) el hombre pasa a la fase de meseta. La intensidad de la excitación se mantiene más o menos estable, llevándole al orgasmo antes o después.

Esta fase, en el hombre, suele ser corta, dependiendo de la excitación. Es difícil alargarla, aunque no imposible con el debido entrenamiento.

Quienes sufren eyaculación precoz, con menos de 1 minuto de fase de meseta, lo pasan mal en relaciones de pareja, porque después de la eyaculación desciende totalmente la excitación (fase de resolución) y se entra en un periodo (refractario) en el que es imposible la reactivación.

El caso contrario, la eyaculación retrasada, también resulta una molestia. En esta situación el hombre tarda y tarda en alcanzar el orgasmo, y, más deuna vez, ve disminuir su erección al cabo del tiempo sin haber alcanzado la fase final.

Hablaremos de todo ello más adelante. Por ahora nos centraremos en esta fase de meseta, en la que aparecen los siguientes cambios corporales:

Erección del pezón, sí, del pezón, de la tetilla. Muchos hombres no se dan cuenta de esta circunstancia. Tampoco muchos habrán apreciado otro cambio curioso: aparición de un enrojecimiento corporal, desde los muslos hasta el cuello, que empieza al final de esta fase de meseta y que culmina durante el orgasmo.

Muchos músculos (faciales, abdominales, del tórax) se contraen involuntariamente, aunque en algunos momentos el hombre incrementa voluntariamente las contracciones, tensando los músculos para obtener una mayor excitación. Uno de los músculos que normalmente se tensa de forma voluntaria es el esfínter del ano.

La velocidad del corazón aumenta con taquicardia de hasta 175 pulsaciones / minuto. La presión arterial sigue subiendo, hasta 8 puntos la máxima y 4 la mínima. Un hombre que estaba a 14 / 8, puede llegar en esta fase de meseta hasta 22 /12.

El pene aumenta el tamaño de su circunferencia en la región de la corona del glande. Los testículos también incrementan su tamaño en un 50 por ciento, así como su elevación.

Cuando se acerca la explosión final, el enrojecimiento del cuerpo, desde los muslos hasta el cuello, está bien desarrollado. El orgasmo va precedido por la sensación de que no es posible parar, y aparecen a continuación las contracciones para expulsar el semen, en tres o cuatro efusiones. Muchos músculos se contraen involuntariamente, y algunos llegan al espasmo. En el recto aparecen también abundantes contracciones.

El ritmo respiratorio, normalmente de 20 ventilaciones por minuto, puede llegar a doblarse hasta 40. El ritmo cardiaco puede llegar a 180 pulsaciones por minuto, y la presión arterial llegar a un aumento de hasta 10 puntos la máxima y 5 la mínima. El caballero cuya presión arterial era de 14 / 8, puede llegar hasta 24 / 13.

En este momento es factible que un hombre con dificultades cardíacas haga una angina de pecho, o incluso un infarto de miocardio. Resulta curioso que, en estos casos, la percepción del dolor provocado por una angina de pecho depende de las emociones que esté deparando la relación sexual.

Una angina de pecho es debida al cierre parcial de una arteria coronaria, que deja con poca sangre (y, por tanto, con poco oxígeno) al músculo que mueve el corazón. Si la falta de oxígeno durase el tiempo necesario para que el músculo dejase de funcionar y “muriese”, se produciría un infarto. Si el problema dura poco tiempo y, después, la arteria coronaria deja pasar otra vez la sangre necesaria, el dolor de la angina de pecho desaparece y el paciente se recupera. El dolor (de una angina y de un infarto) es terrorífico, y quienes lo han sufrido lo describen como la presión de unas tenazas inmensas aplastando por completo su pecho, al tiempo que sienten la enloquecedora inminencia de la muerte.

Pues bien. Hace poco se descubrió una curiosa situación. En un Hospital de París investigaban a un grupo de pacientes varones, con anginas de pecho en situaciones de esfuerzo. A todos ellos se les colocó un aparato (llamado “holter”) que registra el electrocardiograma de forma permanente, las veinticuatro horas del día, y que graba la información en unos disquetes que luego permiten evaluar cómo se ha comportado el corazón en distintas situaciones de esfuerzo.

Muchos de ellos padecían anginas de pecho en el momento de realizar el acto sexual, especialmente durante el orgasmo. El “holter” medía la intensidad y la duración de cada angina, de forma totalmente objetiva.

Algunos de los pacientes, los más picarones, poseían amante además de esposa, con lo que los actos sexuales quedaban repartidos entre una y otra. Y ahí viene lo curioso: los que sufrían anginas de pecho durante el cumplimiento con sus santas, explicaban unos dolores terribles y la sensación de muerte total. En cambio, si las anginas aparecían durante el alborozo con su querida, las explicaban como irrelevantes y desdeñables.

Pero el “holter” decía lo contrario: las anginas conyugales se veían mucho menos graves, en el electrocardiograma, que las acontecidas en situación de infidelidad, las cuales se revelaban como sumamente intensas.

En otras palabras: la observancia del débito sexual con la propia esposa suministraba mucha menos excitación que el deleite con la fulana, y, por tanto, era menos peligrosa. Pero… la sensación de dolor y sufrimiento era mucho mayor en las primeras situaciones que en las segundas.

De ahí que los cardiólogos recomienden a sus clientes anginosos la castidad, o, como máximo, el moderado esparcimiento que procura la rutina conyugal en la mayoría de las parejas. Las expansiones son más dolorosas, pero mucho menos peligrosas.

Las conclusiones son algo decepcionantes en cuanto a la fidelidad. Bien harán las parejas estables en cuidar la variedad y calidad de sus holganzas y apasionamientos, lo que produce más riesgo de anginas, pero menos en cuanto a aburrimientos y adulterios.

El pobre varón queda fuera de combate tras el orgasmo. Así como el orgasmo de la mujer deja a ésta con una sensación de arrobo e inclinación al mimo y a la ternura, el orgasmo masculino deja a su protagonista con la sensación de trabajo bien hecho y merecido descanso. Dicen algunos hombres maliciosos que lo mejor del orgasmo viene después, cuando uno se da la vuelta y duerme.

La resolución de la excitación se produce en forma brusca. Cualquier contacto con el pene, antes apetecido, ahora resulta incómodo y moderadamente doloroso. Los pezones se aplanan, el enrojecimiento desaparece, y la respiración deja de ser jadeante para pasar a calmada. Lo mismo cabe decir del acelerón cardíaco y de la subida de presión arterial.

El pene baja cabeza, en dos fases. En la primera, de pocos segundos, pierde el 50 por ciento de su tamaño grande. En la segunda, de varios minutos, va disminuyendo su orgullo hasta llegar a la fase de arruga propia de los periodos de tregua.También la piel del escroto vuelve a su textura inicial perdiéndose la congestión y el engrosamiento.

Tras esta rápida fase de renuncias, aparece la peculiaridad más engorrosa del varón: el periodo refractario.

En esta fase el hombre no puede ser excitado, ni con las artes de Mesalina. El periodo refractario es un lapso de tiempo durante el cual, cualquier aproximación sexual es percibida como irritante. El hombre puede estar meloso y mustio, pero pocas cosas más. Muchas veces se duerme sin pensarlo dos veces. Otras veces aprovecha para lavarse, fumar, o, simplemente, para vestirse y volver a su casa.

El periodo refractario es de duración variable según la edad y el entrenamiento. A los 15 años, por ejemplo, no dura más de dos minutos. A los sesenta, puede durar varias horas, o días.

Las mujeres no tienen periodo refractario, a ninguna edad. Ello provoca no pocos malentendidos. Habida cuenta de que ellas están sumamente soñadoras y amorosas tras un orgasmo, esperan similar comportamiento en su compañero. Nos tachan de patanes e indelicados cuando nos ven de capa caída y con cara de duelo. Si los hombres no conocemos las diferencias, podemos deducir que las mujeres son unas pesadas y que, después del orgasmo, deberían respetar el cansancio del guerrero y su merecido reposo.

Solamente el conocimiento de estas diferencias permite el acoplamientoreal de las parejas, evitando las frustraciones y desengaños atribuibles a causasnaturales, y no a la mala fe de unos y otras.

Copyright 2014 - Desarrollo y SEO iSocialWeb.com - Psicologos en Barcelona en Google Places Dr.Romeu G+ - Aviso legal