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EXHIBICIONISMO

El Angel y el oso han accedido a la noticia de un exhibicionista que, tras haber mostrado sus impudicias a las niñas que salían de un colegio, fue acosado y derribado por el padre de una de ellas, comisario de policía a mayor abundamiento.

Angel: Hay gente que nace con el don de la oportunidad. El penoso exhibidor entreabrió su abrigo ante unas niñas que, amén de troncharse de risa, avisaron al padre de una de ellas, comisario de la vieja escuela.

Oso: ¿Qué quiere decir de la vieja escuela?

A: Quiere decir que, en lugar de leerle al perverso la hojita aquella de los derechos y de que todo lo que diga puede usarse en su contra, al grito de "la letra con sangre entra" le atizó una somanta de aquí te espero. Ni el pene se libró de los porrazos. Y eso que, al primer segundo de juego, bajó cabeza con celeridad supersónica.

O: ¿Acabó el expositor en el hospital?

A: Y con nota. Aparte de recomponer su cráneo los traumatólogos, los psiquiatras ahorraron mucho trabajo. El descomunal castigo provocó en el artista tal fobia a la exhibición, que, desde entonces tiene trabajo hasta para hacer sus necesidades. Cada vez que abre su bragueta, con honestos fines urinarios, el gusano lúbrico huye y se arruga hasta calidades microscópicas, aparte de que todo su cuerpo entra en ataque de angustia, acaba vomitando y desmayándose, y orinándose encima a mayor abundamiento.

O: Leí no se dónde que algunos exhibicionistas, no contentos con enseñarla, se masturbaban durante la pública presentación.

A: Tan cierto como la vida misma. Uno de mis colegas, púdico ángel custodio, pidió cambio de destino pues le había tocado en suerte un exhibicionista de esos que usted dice. El inicuo acudía a la exposición en coche. Buscaba un balcón o ventana donde apreciara la presencia de una fémina, aparcaba el coche de forma que solamente la elegida tuviera ángulo de visión a través de la ventanilla, y se masturbaba con deleite. Si la mujer se iba, él también marchaba, no fuera a ser denunciado y detenido con las manos en la fálica masa. Pero, en aquellos extraños casos en que la hembra se quedaba a observar el evento, nuestro animador concluía su espasmo en forma gloriosa.

O: ¿Y nunca le pescaron?

A: Unas siete veces, con lo que el Ángel Custodio quedaba hecho unos zorros ante la evidencia de su falla. Bien es verdad que los jueces le soltaban sin cargos las más de las veces y que, en el único juicio que se entabló, acabó con un arresto domiciliario y una módica multa.

O: O sea que el exhibicionismo es una "perversión" menor.

A: Barata sí lo es. El pago se hace en la otra vida. Mi colega Lucifer ideó para los exhibicionistas un castigo infernal de lo más cruel. Además de calentarse en las funestas calderas, se pasan la eternidad enseñando sus atributos a una congregación de personas ciegas.

O: Los osos no tenemos ningún problema para enseñarla.

A: Menos lobos, señor Oso. Ustedes la tienen muy pequeña, y, de tan peludos como son, trabajo cuesta verla.

O: Más en ustedes, señor Ángel, que ni los bizantinos se aclararon acerca de la naturaleza de su místico sexo.

Exhibicionismo es llamar la atención sobre sí, bien sea por ambición, bien por vanidad, semejando a un pavo real cuando muestra la cola. El exhibicionismo sexual se basa también en mostrar la cola, u otras partes del propio cuerpo que la decencia aconseja cubrirse.

Hoy en día es normal que las mujeres muestren sus pechos en algunas playas, por lo que tal ostentación no suele calificarse de exhibicionismo. Como vemos, todo es cambiante en cuestiones de moral, y cada cosa tiene su lugar. Si la misma señora desplegase sus tetas al aire en un autobús, o, no digamos, en una ceremonia religiosa, lo más probable es que el asunto derivase en escándalo público. ¿Qué decir de los genitales femeninos, propiamente dichos? Nuestras abuelas no los enseñaban ni a sus maridos. Hoy en día no es malo enseñarlos al ginecólogo, pero la exhibición quedaría fatal si, en lugar de a un ginecólogo, se dedicase a un Magistrado del Supremo en plena Sala de Vistas.

Lo mismo cabría decir de los penes masculinos. Se exhiben sin rubor ni malicia en los vestuarios de los gimnasios, y en algunas playas nudistas. Pero si la enseñanza se realiza en otros contextos, especialmente en parques públicos frecuentados por colegialas, el impúdico catequista puede acabar entre rejas o, como en el caso comentado por el Ángel y el Oso, en una unidad de cuidados intensivos.

El exhibicionismo de naturaleza sexual y perversa es algo muy curioso. Pocas veces el ostentoso es un individuo vicioso en otras manifestaciones de su conducta. Casi siempre se trata de varones, aunque algunas mujeres se complacen a veces en dejar entrever sus genitales (por lo general, no de forma evidente). Se trata de sujetos doloridos y sinceramente avergonzados de su propia actitud, que interpretan como compulsiva e ilógica. Acostumbran a hacerlo ante individuos muy jóvenes, y casi nunca del mismo sexo. Los hay que exhiben a hurtadillas, dejando entrever el miembro semioculto tras un indumento (abrigo, gabardina, etcétera). En cambio otros recalcan el hecho, apuntando con una linterna las vergüenzas, para su mejor apreciación.

Uno de mis casos de observación personal, Don Felipe, era un señor de unos cincuenta y tantos años, decoroso y elegante, cuyo modus operandi era el siguiente. Se acercaba a sus víctimas, generalmente mujeres de mediana edad, con la mejor de sus sonrisas y sosteniendo fuera de la bragueta la minina, abatida y cabizbaja. "Señora –decía- ¿podría ayudarme? Me la he cogido con la cremallera de la bragueta y soy un desastre con las cremalleras…" Algunas mujeres, posiblemente azoradas por la mesura y educación del expositor, intentaban ayudarle, con lo que Don Felipe se excitaba de lo lindo y su lánguido artificio entraba en situación de rebelde levantamiento. Decía Don Felipe que lo que mayor goce le daba era la sensación de poder que ostentaba sobre las catecúmenas, así como la cara de pasmo que ellas ponían al ayudarle. Don Felipe tentó la suerte más de lo debido, y fue detenido una vez que intentó la operación con unas menores las cuales, no solamente no le ayudaron, sino que gritaron como posesas atrayendo la atención de unos municipales. De nada le valió a Don Felipe la verosímil explicación ante la jueza que le tocó en suerte. La demostración que efectuó ante Su Señoría, sacándose la minga y enganchándola con la cremallera, le valió un incremento de la pena por una agravante de desacato.

Las modas actuales favorecen ciertas formas de exhibicionismo simbólico, o no tanto. Pantalones ceñidos acentuando la marca de paquete, en varones, y la marca de la vulva, en señoras con mallas, entran dentro de ese campo.

Escotes hay que permiten investigar más allá de lo que la curiosidad puede soportar. En ocasión de la Fiesta del Libro, leí una entrevista efectuada a una autora novel que había firmado ejemplares de su obra en una feria. "Qué asco –decía- había la tira de hombres que, mientras les firmaba, no dejaban de mirarme el canalillo". La muy boba no cayó en la cuenta que los señores no miraban más de lo que podía verse. El colmo de la hipocresía es vestir de forma descocada y enseñante, y quejarse de que los demás miren.

Las transparencias pueden resultar vaporosas, como una demostración de glamour, pero también pueden resultar tan manifiestas como el desnudo más palmario. Hoy en día están de moda las transparencias más indiscutibles, y los desfiles de modelos resultan de lo más excitante. Sospecho que los modistos, muchos de los cuales son maricas, disfrutan ridiculizando a las mujeres, o colocando a los heterosexuales en estado de frustante erección ("las verás pero no las tocarás") en tanto que ellos desarrollan una sensación de poder al no tener tal molesta servidumbre.

 

    Cada apartado de "perversiones"  está precedido por un diálogo entre dos personajes antitéticos, que nos sirve para subrayar cómo la realidad puede ser interpretada de maneras muy distintas. No nos afectan los hechos en sí, sino la forma cómo nosotros los vemos, como muy bien decía Epicteto, filósofo griego del siglo II A. J.C. y, además, estoico.

    Mis personajes, el Ángel y el Oso, me fueron revelados mientras leía escritos relacionados con el "nonsense", estilo literario basado en el juego entre conceptos ilógicos, cuya cima yo sitúo en Lewis Carroll. En la revista periódica "Madrid Cómico" del siglo XIX se publicó este poema, paradigma también del nonsense patrio:

Un Angel en el cielo

pidió a San Agustín un caramelo,

y un Oso en la Siberia

mordió a un viajero y le rompió una arteria.

Los ángeles y los osos

han resultado siempre fastidiosos.

    Mi sorpresa fue cuando, accidentalmente, conocí a ambos fulanos. Me los encontré en uno de mis paseos por los Pirineos leridanos. Al parecer, el Angel fue expulsado momentáneamente del paraíso a causa de su irreverencia. El problema es que, en la eternidad, el concepto de momentáneo puede ser bastante relativo. El Oso, también allí exilado, no anhela en exceso abandonar las altas cumbres, habida cuenta de que, entre los responsables del turismo ruso, no ha sido bien vista su travesura. La elección de un punto pirenaico español derivó, en el primer caso, de la relativa buena prensa de nuestro país ("La Católica España") entre quienes de eso entienden, y, en el segundo, del predicamento que nuestras tierras ostentan entre las mafias rusas, verdaderos elementos de presión en esa inquietante unión de repúblicas (o lo que sea).

     

    El Ángel y el Oso, desde su excelente punto de visión, contemplan displicentes, aunque no ajenos, lo que sucede en el mundo. La entrañable costumbre de muchos excursionistas de tirar papeles en la montaña les alcanza una cantidad de prensa que no envidiaría una hemeroteca. Para matar el tiempo discuten pacíficamente acerca de las noticias que les intranquilizan. El pacifismo, en este caso, es un tanto forzado, aunque explicable: el Oso no desea comprometer su posible ida al cielo (le encantaría conocer a San Francisco) y el Angel, bien que el Oso le disgusta por su olor y por su aspecto poco tranquilizador, no quiere cometer otra frivolidad como sería dar plantón al Oso, o tirarlo por un precipicio, como quien no quiere la cosa, empujándole disimuladamente con un ala.

El Angel, aunque ingenuo, es bastante rígido en cuestiones de moral. El Oso, aunque silvestre, es un posibilista escéptico, y un tanto socarrón.

No tuvieron reparo en hablar conmigo ni en contarme sus cuitas. La mayor parte de los excursionistas les suponen hippyes acampados, rarito el Angel tan rubito y aniñado, y no menos raro, por velludo y desaliñado, el Oso. No suelen acercárseles sino los niños, los cuales son llamados por los padres, de inmediato.

Los lugareños de los pueblos cercanos, no se acercan por las cumbres. Si los campesinos reconocieran al oso como tal, acabarían pegándole un tiro por si estaba allí respondiendo a tenebrosos planes ecológicos. Los campesinos piensan, probablemente con acierto, que se empieza soltando osos y que se acaba vacunándoles o, lo que es peor, haciéndoles lavar los pies al menos una vez por semana.