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NECROFILIA
Nuestros amigos, el Angel y el Oso, desde
su mirador pirenaico, han atrapado un ejemplar del ABC. En el juicioso y grave
diario aparece una noticia acerca de un profanador de tumbas, sorprendido en el
preciso momento de beneficiarse el cadáver de una señora fallecida de cáncer,
que, al parecer, era su amor platónico de toda la vida.
Oso: Ilústreme Vd., Señor Angel. Me
parece una solemne estulticia lo de ayuntarse con un cadáver. Animal como soy,
me excitan mucho los preliminares con una hembra en celo. Más que nada,
correr tras ella para agenciármela antes de que se le acabe el celo, o de que
aparezca algún otro oso más hábil que yo en la tarea de matar congéneres sin
perder de vista el rastro de la osa. La coyunda con una osa muerta me parecería
nada excitante, amén de que los muertos, como decía Jardiel Poncela,
son gente fría y algo estirada.
Angel: Como espíritu puro no tengo
experiencia personal. Pero como custodio de humanos, no me extraño de nada.
Algunos de ellos resultan muy penosos y pecadores. Y si, encima, el pecado
consiste en hacer porquerías de ese calibre, no le digo lo mal que se lo pasa
el Angel, obligado a permanecer sobre el hombro derecho del
concubitario fiambrero. Bien es verdad que el cuerpo sin alma es menos,
digamos, profanable. Pero no deja de ser un acto deleznable, máxime cuando
dicho cuerpo volverá por sus fueros el día de la gloriosa resurrección de la
carne.
O: Leí, no hace mucho, que un celador
hospitalario rumano, en funciones de trabajo en un mortuorio, recibió el susto
de su vida cuando, en el trance de cohabitar con el supuesto cadáver de una
hembra de buen ver, ésta despertó en pleno himeneo. Los gritos que dio ella,
cataléptica que no muerta, fueron moco de pavo ante los que dio el infame
conserje al ver que el fúnebre objeto de sus afanes se levantaba del mármol.
En muchos años de celo en el depósito, jamás muerta alguna había quebrado la
paz de sus lúgubres, aunque exquisitos, desahogos.
A: Cierto. La familia de la ex difunta
perdonó al ordenanza, pero el peso de la ley cayó sobre él.
O: Aparte de que, por años que pasen,
difícilmente se le volverá a reanimar el instrumento fornicatorio. Sospecho
que cada vez que se encuentre en funciones se reavivará el pánico cerval.
A: Y más en esas tierras vampíricas.
Volviendo al necrófilo del ABC, el severo periódico insiste en lo del “amor
platónico”, lo cual, probablemente, quita hierro al pecado. Aparte de que el
sabio mandamiento de la ley no habla para nada de cadáveres. Lo que prohibe es
la fornicación, que se entiende es cosa de vivos.
O: De según qué vivos, oiga. Mira que
es triste tener que leer acerca de quien se abarragana hasta con las muertas,
mientras que algunos pasamos las penas del purgatorio para disponer de alguna
viva...
NECROFILIA
La necrofilia, de unas palabras griegas que significan
atracción por la muerte (o por los muertos) es una perversión sexual
consistente en hallar el máximo placer, cuando no el placer exclusivo, haciendo
los tocamientos y fogosidades con personal ya fallecido. La definición estricta
sería que necrofilia es la excitación sexual provocada por la contemplación,
el contacto, la mutilación o la evocación mental de un cadáver.
La necrofilia propiamente dicha es la que aparece realizando
la conjunción cadavérica por las vías naturales, y también analmente, con
cadáveres previos y apetecibles (para el necrófilo). Puede ser ocasional,
cuando alguien muy desesperado coincide con un cadáver que le atrae y hace lo
que puede con él. Es sádica cuando la previa es matar al oponente, para
copular post-mortem con su cuerpo.
Los casos de necrofilia, ampliamente descritos por los
expertos en medicina legal, incluyen copulaciones con cadáveres de niños de
pocos meses, hasta ancianos o ancianas de más de setenta años de edad. El
trágico "violador de Lesseps" en Barcelona (1999) violentó, mató y
copuló con varias ancianas de más de 85 años. La última de ellas a los dos
días de salir de la cárcel por buena conducta, tras haber pasado unos doce
años en ella por travesuras idénticas.
Existe una "necrofilia de guerra" entre los
pueblos primitivos. La violación de las mujeres muertas, o de hombres, sería
una actividad trivial entre ciertas tribus nómadas del norte de África en
tiempos antiguos. Claro que, más recientemente, se han visto cosas muy
similares en las guerras de los Balcanes europeos, y, probablemente, en
cualquier guerra. Entre los Kimbamba de África está permitido que el novio, si
se le muere la novia durante la boda, copule con el cadáver para celebrar como
Dios manda la fiesta nupcial; las canciones indígenas aluden alborozadas a
gozosos embarazos después de la muerte.
¿Cómo es que los pervertidos necrofílicos hallan
apetitoso un cadáver?
Veamos: los cadáveres presentan tres características poso
golosas:
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La frialdad.
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La inmovilidad.
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El mal olor.
La primera de ellas no siempre es despreciada. Un comisario
de policía español al que oí por la radio, decía
que uno de sus recalcitrantes necrófilos, al ser preguntado por el tema,
respondía: "Usted no sabe, señor comisario, lo excitante que es la dulce
frialdad de la muerte". El comisario aseguraba que ni sabía, ni sabría
nunca.
Estas condiciones son las que excitan a algunos degenerados,
lo que les convertiría en algo así como fetichistas, o masoquistas-
fetichistas.
Algunos necrófilos se aparean únicamente con partes del
cadáver que, previamente, disecan. Un vagabundo madrileño, en 1999, fue
detenido tras haberse cargado unos cuantos colegas del mismo sexo. Unas
partes se las comía, por ejemplo, los genitales, mientras que las cabezas
las guardaba para copular oralmente introduciendo su pene por las bocas del
patético despojo hasta que la podedumbre le aconsejaba tirarlas al contenedor
de basura. Cuando, detenido, se le preguntó por sus motivos para el canibalismo, dijo en tono
exculpante: "Lo hice porque tenía hambre". Por lo visto, también iba algo
salido.
El carnicero de Rostov, ajusticiado en la década de los 90
en Rusia tras diecisiete años de tareas y 50 muertos entre niños y niñas, se
masturbaba mientras estrangulaba o acuchillaba a sus víctimas, y llegaba al
orgasmo en el momento en que éstas exhalaban el último suspiro. El muy
degenerado cortaba algunas partes de sus cuerpos, sobre todo los genitales, que
después deglutía en bocadillos.
El Dr. Hannibal Lecter, el interesante protagonista de
"El silencio de los corderos" no es un necrófilo propiamente dicho
sino un sádico de la peor especie, que goza deglutiendo pedazos de sus
víctimas mientras éstas están aún vivas y tienen que mirarle mientras él se
dedica a tan reprobable menester.
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