En este artículo expondré el caso imaginario de una adolescente de 17 años que tiene graves dificultades con los límites. Me basaré en ejemplos reales de pacientes que he visitado a lo largo de mi carrera y a continuación, expondré cómo deben actuar los padres ante tales situaciones:

Carácter descontrolado: Acudir a un psicólogo o psiquiatra

Desde pequeña ha manifestado un carácter rebelde con conductas agresivas y disfuncionales. Pataletas y rabietas más fuertes de lo común, malas contestaciones y mucha impulsividad. Empezada la adolescencia, hacia los 12-13 años de edad, su comportamiento empeora, hasta tal punto que sus padres deciden llevarla al psicólogo. La chica, a la que llamaremos Lucía, se escapa de casa sin el permiso de sus padres y vuelve a horas intempestivas completamente ebria. Falta a clase y descubren que se va con amigos a fumar porros en una plaza del barrio.

Después de algunas sesiones, el psicólogo comunica a los padres que Lucía tiene que visitar a un psiquiatra y que deben valorar la posibilidad de medicarla. Los padres no lo sabían, pero la chica se autolesiona en brazos y piernas y tiene serios pensamientos de suicidio. El psiquiatra, después de analizar el caso, determina que Lucía tiene síntomas asociados a un trastorno depresivo y características de personalidad límite. Le da un tratamiento farmacológico para tratar dicha sintomatología con la esperanza de que empiece a mejorar.

Si no hay más remedio, ingresar: hacer caso al profesional

Pero Lucía no mejora. Continúa fumando porros y escapándose para salir de fiesta y emborracharse. Las conductas agresivas empeoran y las discusiones con sus padres se agravan, hasta que llega un momento en el que la chica, cuando discute en casa, llega a romper objetos e incluso agrede físicamente a los padres.

Finalmente, los profesionales recomiendan ingresar a la chica en un centro especializado para menores con este tipo de dificultades, pues consideran que Lucía representa un peligro para sí misma y para los demás. Consideran su situación inestable y de riesgo y los padres, después de varias semanas resistiéndose a los hechos, deciden ingresarla.

Manipulación y chantaje emocional: Mantenerse firme

Cuando los padres acuden al centro para visitar a su hija, Lucía se pone a llorar y les suplica para que la saquen fuera. Les asegura que ella ya está mucho mejor, que dejará de juntarse con amistades conflictivas y ya no fumará más porros. Les dice que no soporta estar ahí encerrada, que si se queda se morirá. Los padres tienen indicaciones del psicólogo de que no deben ceder ante el chantaje emocional. Lucía debe aprender que usando este tipo de estrategias no conseguirá lo que quiere. Le dicen que la quieren, que entienden que quiera salir y que ellos también quieren que salga, pero que esto sólo depende de ella. Si su estado mejora los terapeutas del centro valorarán la posibilidad de pasarla al centro de día.

Entonces, Lucía se enfada y empieza a gritar y a insultar a sus padres. Les dice que se vayan, que no quiere volver a saber nada más de ellos. Les dice que la han abandonado y que para ella están muertos. Siguiendo indicaciones del terapeuta, los padres le dicen que la quieren, que entienden que esté enfadada y que estarán para ella siempre que los necesite. A continuación, se van. En realidad, los padres están muy afectados, pero en terapia han aprendido que es muy importante mantenerse firmes y no ceder ante ningún tipo de manipulación por parte de su hija; sólo así, Lucía podrá aprender que con estas conductas no se llega a ninguna parte y tendrá que buscar comportamientos más adaptativos para conseguir sus objetivos.

No poner normas que no se puedan hacer cumplir: perdemos autoridad

Lucía ya lleva varias semanas ingresada en el centro y ha empezado a mejorar, de manera que los psicólogos han decidido que puede empezar a volver a casa a dormir los fines de semana. Las indicaciones de los terapeutas son claras, Lucía no puede salir de fiesta con sus amigos y así se lo han comunicado. Aun así, la chica les dice a sus padres que quiere ir a una discoteca con unos colegas. Siguiendo indicaciones de los profesionales, le dicen que ya sabe que no puede salir, estas han sido las condiciones pactadas; de todas formas ella debe decidir qué hacer. Lucía se escapa de casa y vuelve a la mañana siguiente completamente ebria y drogada. Si los padres le hubieran prohibido salir, ella lo habría hecho igual y además, ellos habrían quedado desautorizados.

Convertir el castigo en consecuencia: aprendiendo a ser responsable

Cuando se recupera un poco los padres hablan con Lucía. Le dicen que lamentablemente no ha seguido las normas pactadas y que por lo tanto, tiene que volver al centro. Ella se enfada mucho y les dice entre gritos e insultos que son lo peor. Los padres contestan que desearían con todas sus fuerzas que se quedara todo el fin de semana pero que ella ha decidido romper lo pactado y la consecuencia es que pierde sus permisos, que ya estaba avisada de antes. Entre llantos y sollozos devuelven a su hija al centro y allí, los psicólogos le informan de que el próximo fin de semana no podrá pasarlo en casa. Le dicen que no se trata de un castigo sino de una consecuencia derivada de sus propias decisiones. Ella sabía muy bien cuáles eran las reglas y ha decidido incumplirlas; tiene que ser responsable de sus actos.

De esta forma, se responsabiliza a la chica de las decisiones que toma, transmitiéndole que los permisos dependen de ella, de nadie más. Si hace lo correcto, los tiene, sino y según lo pactado, los pierde.

Premiar los buenos comportamientos: fomentar el cambio positivo

Lucía lleva meses ingresada en el centro y su comportamiento ha ido mejorando. Parece que la terapia, la medicación y la actitud de los padres están ayudando a la chica a estabilizarse. En un permiso de fin de semana, Lucía no se escapa, decide quedarse en casa tal y como le han indicado los psicólogos. Los padres a la mañana siguiente le dicen que la quieren y le dan las gracias por su compromiso; le dicen que cada vez la ven más responsable y que están muy orgullosos de ella.

Es muy importante reforzar positivamente aquellos comportamientos que queremos que se reproduzcan. Premiándolos con halagos y reconocimiento, el adolescente va asociando las conductas adaptativas a algo positivo y aprende que es un beneficio realizarlas.

El camino es largo, no os desaniméis

Los casos como los de Lucía son más habituales de lo que nos pensamos. Los chicos de hoy en día tienen poca tolerancia a la frustración y lo quieren todo de inmediato. Vivimos en sociedades en las que todo se consigue muy rápido y los beneficios son instantáneos. Si tenemos un hijo con este tipo de vulnerabilidades, es muy difícil saber lo que se debe hacer en cada momento. Es muy importante intentar reconducirlo lo antes posible, pues cuanto más tiempo sin tratar peores pueden ser las consecuencias. Muchas veces, este tipo de adolescentes, acaban estabilizándose al cabo de los años, cuando ya han entrado en la edad adulta. Pero mientras son adolescentes, todo puede estar muy descontrolado. Es básico tener paciencia y plantearse la situación a largo plazo. Mientras tanto, no os desaniméis, consultad psicólogos y psiquiatras y no os rindáis.


Helena Romeu

Psicóloga Clínica

Adolescentes sin límites: ¿Cómo actuar?
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