Enseñar a nuestros hijos a identificar sus emociones

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Qué son las emociones

Las emociones son estados afectivos que experimentamos, reacciones subjetivas que se presentan en todos los momentos de nuestra vida. De orígenes innatos e influidas por nuestras experiencias, vienen acompañadas de cambios fisiológicos y endocrinos de tipo orgánico.

Tienen una función adaptativa de nuestro organismo a lo que nos rodea por lo tanto es de vital importancia conocerlas y saber identificarlas.

Los 6 tipos de emociones básicas y su función

  • Ira: Es la rabia, el odio, el enojo, la furia o la irritabilidad. Su función principal es la de canalizar estos impulsos hacia la destrucción. Será importante aprender a gestionarla adecuadamente sin atacar los derechos propios ni los de otros. Puede aparecer delante de situaciones de conflicto, que percibamos injustas, cuando nos sentimos heridos e incluso cuando no conseguimos aquello que queremos. También puede aparecer como mecanismo adaptativo delante de un peligro.
  • Alegría: Es estar contento, la diversión, la sensación de bienestar, júbilo o satisfacción. Su función a dirigida a que queramos reproducir aquellas cosas a la que la asociamos, a aquello que nos hace sentir bien. Aparece cuando sumamos algo positivo en nuestra vida, por ejemplo, conseguir aquello que queremos.
  • Tristeza: Es la pena, el desánimo, la soledad, el pesimismo, el estado depresivo o la angustia. Su función es motivar a la persona hacia una reintegración personal, de manera que después de una pérdida podamos pasar el duelo y reaprender a vivir con aquella realidad que se presenta de forma diferente. Como comentaba, aparece cuando perdemos algo que es importante o que queremos. También puede usarse de forma automática como estrategia adaptativa delante del estrés.
  • Miedo: Es la aprensión, la duda, el susto, la desconfianza o el desasosiego. Se produce cuando anticipamos una amenaza o peligro que nos produce ansiedad, incertidumbre o inseguridad. Por lo tanto su función es la de protección. Es como un instinto de supervivencia que nos pone en alerta cuando percibimos un posible peligro y que nos hace reaccionar de forma automática ante cualquier riesgo o contingencia indeseable.
  • Sorpresa: Es el sobresalto, el asombro, la estupefacción o el desconcierto. Es una emoción que se produce de forma breve y transitoria. Su función es la de orientarnos frente a una situación nueva y nos ayuda a saber qué pasa y a estar preparados para lo desconocido.
  • Asco: Recientemente incluida en esta categoría. Es el disgusto, el asco, la repugnancia, el fastidio o la aversión a algo. Su función es la de alejarnos del objeto que nos produce aversión o rechazo que en muchos casos puede ser algo peligroso para nosotros.

Por qué educar a nuestros hijos a ser emocionalmente inteligentes

Los seres humanos no somos robots sino que tenemos emociones, por lo tanto es vital aprender a convivir con ellas. Como padres, es importante ayudar a nuestros hijos a identificar y a comprender sus emociones pues no nacen sabiéndolo hacer. Los padres somos los principales encargados de enseñar a nuestros pequeños a comprender sus emociones, de esta manera los niños pueden aprender a entenderlas y a gestionarlas. En el fondo, se trata de educarlos en inteligencia emocional, no tan solo en emociones, sino también en autoestima, responsabilidad, seguridad personal, resilencia o tolerancia a la frustración, entre otros.

El niño que conoce y entiende sus emociones podrá hacer una mejor gestión de ellas y podrá adaptarse con más facilidad a cualquier circunstancia de la vida. Un niño que no ha trabajado sus emociones tendrá más tendencia a mostrar rabia, frustración y pataletas. Además, se sentirá culpable con más facilidad.

Cómo les enseñamos a identificar sus emociones

Para trabajar esta educación emocional tenemos que hablar y comunicarnos con nuestros hijos, explicándoles, siempre que lo necesiten, lo que les pasa y sobretodo haciéndoles sentirse cómodos y escuchados. Debemos legitimar sus emociones desde que nacen, en ningún momento juzgarlos, reírnos de ellos o castigarlos por sentirlas, sino intentar hacerles entender qué es lo que les sucede y porque. De esta manera, se querrán y se respetarán más y podrán relacionarse de una manera mucho más feliz y adaptativa con ellos mismos y con su entorno.

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La empatía es una de las claves para enseñar a gestionar emociones. Empatizar nos ayuda a entender cómo se siente el otro y esto nos facilita entender cómo nos sentimos nosotros. La empatía se trabaja mostrando comprensión y compasión hacia los sentimientos, pensamientos y comportamientos del otro. Si educamos a nuestros hijos en este sentido, sacaremos el miedo y el castigo de la ecuación que lo único que fomentan son niños inseguros y con baja autoestima. Por lo tanto, tenéis que tener cuidado con las reprimendas y los refuerzos negativos que les apliquéis pues pueden crear justo el efecto contrario.

Cómo hacer que nuestros hijos confíen en nosotros y nos cuenten cosas

Hay muchos niños que no acostumbran a contar sus cosas, sobre todo cuando son pequeñitos. Hay varias estrategias que podemos seguir para que nuestros hijos nos hablen de sus sentimientos. Una de las mejores es predicar con el ejemplo. En terapia, a veces hay padres que me preguntan por qué sus hijos no les explican sus vidas. Esto sucede, en muchas ocasiones, porque los padres tampoco hablamos con ellos de nuestras emociones. Si los padres hablan de sus sentimientos con sus hijos lo más probable es que estos, por imitación, hagan lo mismo. En familias empáticas y en las que se habla de las emociones de forma abierta, los niños se sentirán cómodos, les parecerá lo más normal y querrán hacerlo de forma natural y sincera.

También es muy importante que cuando vuestros hijos os hablen de sus sentimientos, los escuchéis, los respetéis y no los juzguéis, de esta manera, se sentirán seguros y querrán explicaros las cosas que les suceden sin miedos ni dudas.

A qué edad empezar a trabajar las emociones con ellos

Las emociones deben trabajarse desde el nacimiento del niño, incluso cuando todavía los estamos gestando. Dependiendo de su edad, tenemos que adaptarnos a su nivel de maduración y de lenguaje, pero el planteamiento es el mismo en cualquier momento vital: normalizar las emociones, legitimarlas y explicarlas en todo momento. De esta manera, nuestros niños las entenderán y se sentirán seguros sintiéndolas, podrán adaptarse mejor a las situaciones de la vida y vivir mucho más felices y seguros.

Si hablamos de niños muy pequeños quizás les responderemos de forma gestual, también usando el lenguaje aunque no lo entiendan, pero lo importante será el tono o la expresión facial que utilicemos. Si un bebé llora, no le gritemos ni nos enfademos con él pero tampoco mostremos preocupación excesiva. Tenemos que enseñarle que cuando se siente en peligro mostrando su llanto (que es su recurso principal a estas edades) acudiremos en su ayuda y le tranquilizaremos con un abrazo y dándole lo que necesita.

Con niños más mayores podemos utilizar otros recursos, por ejemplo dibujos, gráficos, películas, muñecos, etc.

No prohibir ni reprimir ninguna emoción

Ninguna emoción tiene que ser vetada, todas son necesarias. Cuando hay una pérdida nos sobreviene la tristeza, pues debemos aprender a coexistir con la nueva realidad sin aquello que ya no está. Cuando no conseguimos algo necesitamos la rabia para canalizar la frustración. Cuando nos sentimos en peligro, el miedo nos hace reaccionar y nos puede salvar la vida. En el fondo, todas tienen su función y son imprescindibles.

La única manera de gestionar las emociones una vez aparecen es sintiéndolas. Tenemos que permitir que nuestro hijo se sienta triste y en ese momento abrazarlo y acompañarlo en su duelo. Al mismo tiempo, explicarle por qué se siente de esa manera, ser comprensivos y empáticos. Finalmente, darle esperanza y sosiego y explicarle que la tristeza terminará y que volverá a sentirse como antes. Si se sorprenden de algo, tenemos que explicarles lo que pasa, dejarle tiempo para asumirlo y que se adapte y respetarle en el proceso. Lo más importante es que, como padres, les permitamos sentirse como necesiten, respetándoles y acompañándoles en el proceso si lo requieren.


Helena Romeu Llabrés
Psicóloga clínica

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