“Cuando aparece el interés propio, la virtud se oculta” Jalâl al-Dîn Muhámmad Rûmi (1207 -1273)

Generalmente pensamos demasiado en nosotros – de hecho, podríamos decir que sólo pensamos en nosotros mismos y, encima, lo hacemos de manera equivocada -. Aún y sabiéndolo nos dejamos llevar por los pensamientos. A medida que el “yo soy …”, “yo tengo …”, “yo hago …”, se va haciendo más presente en nosotros, nos alejamos del conocimiento de la realidad tal como es. Esta especie de adicción al pensamiento, este ir a la deriva de pensamiento en pensamiento, sólo ayuda a reforzar una idea ficticia de lo que somos y podríamos decir que, casi imperceptiblemente, nos acerca hacia cierta forma de codicia y vanidad.

Practicar la meditación también es una forma de conocimiento, que en lugar de nutrirse de los pensamientos, lo hace de la experiencia – de aquello que sentimos y de lo que hacemos con lo que sentimos -. Esta práctica requiere adoptar una actitud concreta hacia todo el que experimentamos mientras meditamos: aceptar aquello que sentimos tal como lo sentimos. Mientras observamos la inspiración y la expiración, la aparición y la desaparición de las sensaciones, de los pensamientos…; mientras somos conscientes de este aparecer y desaparecer, nos aproximamos a comprender que todo es cambio constante y que el presente es un instante irrepetible. Tener esta experiencia nos acerca, poco a poco, a entender de manera diferente la realidad. San Juan de Cruz (1542 – 1591) nos lo explica con estas palabras:

“Entréme donde no supe:
y quedéme no sabiendo,
toda ciencia trascendiendo.

Yo no supe dónde estaba,
pero, cuando allí me vi,
sin saber dónde me estaba,
grandes cosas entendí;
no diré lo que sentí,
que me quedé no sabiendo,
toda ciencia trascendiendo.
[…]”

Cuando practicamos, durante aquellos instantes que logramos suspender los juicios, favorecemos la actitud de intentar aceptar aquello que sentimos como lo sentimos. Sin ser conscientes, en aquellos precisos instantes, estamos dejando de alimentar quién creemos ser. Cada vez que nuestra atención se va a los pensamientos y la recuperamos amablemente hacia el presente, lo que sentimos en aquellos momentos nos aproxima algo más al que somos y vamos tomando conciencia de nuestros apegos. Experimentar los cambios constantes que se van produciendo, tomando conciencia de aquello a lo que estamos aferrados, nos ayuda a valorar más el presente y a ser más conscientes de que, muchas veces, cuando nos dejamos llevar por los pensamientos, nos perdemos experiencias que nunca más se repetirán.

La mayoría de nosotros estamos demasiado ocupados – o demasiado metidos en nuestros pensamientos – y dedicamos poco tiempo a ser conscientes de la presencia de las personas que nos rodean y estimamos. Aquello que nos ocupa nos impide, incluso, ver a quienes tenemos a nuestro lado. Vivimos como si aquello que tenemos en el momento presente no hubiera que cuidarlo porque lo tenemos por derecho o porque confiamos que estará por siempre jamás. Sólo los pensamientos nos pueden hacer creer que el instante presente puede repetirse. “Y es que el vanidoso no es más que un ignorante[1]”.

Meditar, experimentar la importancia del presente – la conciencia de estar presentes -, nos abre a comprender que el regalo más preciado que podemos dar a los seres queridos es nuestra presencia, porque aquello que estamos compartiendo es único e irrepetible. Una presencia humilde y generosa. ¿Cómo podemos querer a alguna persona si no estamos presentes? ¿Cómo podemos estar abiertos al otro si no hacemos nada más que juzgar sus palabras o su comportamiento?

Por eso cuando estamos con personas queridas, tenemos que practicar el volver la mirada hacia un mismo: hacia aquello que sentimos, hacia las sensaciones de aquellos momentos de presente. Y como si nos miráramos a nuestros propios ojos nos podemos decir:” Mira, ¿sabes qué? Estoy contigo…”. Entonces con la experiencia consciente de que estamos con el otro, de que somos capaces de traer la atención al que sentimos en aquel instante, podremos brindar a las personas queridas nuestra presencia.[2] No estaremos preocupados por el pasado, ni por el futuro, sino que estaremos allá, en el momento presente, disponibles.


Toni Gràcia Pastor, abril 2017

[1] “Perlas Sufíes. Saber y sabor de Mevlânâ Rûmi” de Halil Bárcena. Editorial Herder

[2] “El Miedo. Vivir el presente para superar los temores” Tich Nath Hanh Editorial Kairós