Con este breve relato sobre parte de mi experiencia personal me gustaría poder dar voz, en tono de humor e intentando quitarle hierro al asunto, a muchas mujeres que, quizás, se sienten diferentes a los cánones preestablecidos en sus concepciones sobre la maternidad.

Dedicado a mi queridísima hija Milena, lo más increíble que he hecho jamás.

LA GRAN PREGUNTA

Creo que desde muy pequeña me planteé esta pregunta ¿Quiero ser madre? Supongo que todas nos preguntamos lo mismo alguna vez en la vida, por no decir que lo hacemos muy a menudo. Muchas veces me convencí a mí misma de que no quería tener hijos. Quería llevar mi vida en plena libertad, desarrollarme a nivel profesional, tener una pareja, viajar y hacer muchas cosas con mis amigos. No sé, un bebé no acababa de encajar en mis planes. Además, muchas veces me venían esas malditas preguntas ¿Lo haré bien? ¿Seré capaz? ¿Sabré llevarlo? Al mismo tiempo, me sentía un poco bicho raro, tenía tantas amigas alucinadas con el hecho de ser mamis. En cambio, yo creo que nunca tuve eso a lo que mucha gente llama “instinto maternal”. Nunca hubo un momento en mi vida, que de forma natural y primaria sintiera la imperiosa necesidad de procrear. Reconozco que hubo momentos en los que llegué a plantearme si me pasaba algo malo, pero, por mi profesión de psicóloga, siempre intenté legitimarme a mí misma y no culpabilizarme por ello.

La verdad, no sé por qué me resistía tanto si, en el fondo, en mi foro interno, siempre hubo una vocecita que me decía “Sí, vas a tener hijos”. Cuando reflexiono sobre este tema, me doy cuenta que mucho antes de tener a mi hija, ya estaba luchando contra la idea de ser madre. Había una disputa interna dentro de mí que me arrastraba en dos direcciones opuestas. Pero no os voy a engañar, siempre supe que ganaría la mami que llevaba dentro, aunque esto aún me cuesta de reconocer.

PUES VAMOS A HACERLO

Cuando ya llevaba unos años con mi pareja, empezó a salir el tema de forma abierta ¿Y qué, tenemos un bebé o qué? Porque antes, siempre pensaba “No, si ya lo haremos más adelante, todavía hay tiempo”. Pero llega un momento en tu vida en que ya no queda mucho más tiempo, porque si esperas más ya pasas de los cuarenta y la cosa empieza a ponerse complicada, o al menos eso te dicen. Además, los amigos cercanos empezaban a “quedarse embarazados”, como se suele decir. Aparecían bebés por todas partes, como las setas. Y es que cuando ya empiezas a tener una edad, todo el mundo se pone a hacer bebés y, además, empiezan las fantásticas preguntas que a todas nos gustan tanto ¿Y tú qué, para cuando vas a tener uno? Aquí venían las caras de póquer y las medias sonrisas nerviosas en las que yo respondía “Bueeeeno, ya veremos”. Siempre he pensado que este tipo de preguntas deberían estar prohibidas, porque uno nunca sabe realmente de las vidas íntimas de los demás. A lo mejor, estás preguntando, y la pobre pareja lleva años intentándolo y no pueden. Pero bueno, no nos desviemos del tema.

Finalmente, con mi pareja decidimos hacerlo y ¡Sorpresa! Quedarse embarazada no es tan fácil como te dicen. Toda la vida tomando medidas y preocupándote para no quedarte y resulta que cuando una lo intenta no se queda ni a la de tres. Y claro, siempre hay personas estupendas que te dicen “Pues yo me quedé a la primera” ¡Oye, pues maravilloso y fenomenal, bien por ti! Os confieso que me llegué a obsesionar. Cada mes era lo mismo, una ilusión enorme machacada por una decepción aplastante. Me llegué a hacer una experta en esto de quedarse embarazada. Que si los días fértiles, que si las pruebas de embarazo, que si las vitaminas.

Y LLEGÓ EL PRIMER TORTAZO

Finalmente,  después de muchos meses probándolo, cada vez de forma más metódica y profesional, me quedé en cinta ¡Increíble, por fin! Y aunque intentamos por todos los medios no decírselo a nadie hasta pasados los 3 meses (y todas sabéis porqué), no pudimos aguantarnos y se lo contamos a todo el mundo. Me acuerdo que en la primera ecografía aluciné. Cuando vi ese corazoncito latiendo y oí esos latidos bombeando a toda pastilla pensé que no había nada más maravilloso en el mundo.

Desgraciadamente, en la segunda ecografía las cosas no fueron bien. Algo no funcionaba. A las pocas semanas de embarazo “se interrumpió el proceso”. Según palabras del ginecólogo que me atendió en ese momento “Esto a veces pasa y no se sabe porque”. La verdad es que este hombre, cuyo nombre no voy a mencionar, fue de todo menos empático y humano y creo que parte del dolor y la tristeza que experimenté en los días posteriores fue causado por la poca delicadeza que tubo conmigo en ese momento. Pero bueno, en relación a este apartado no quiero entrar en más detalles. Simplemente os contaré que, una vez pasado el shock inicial, nos recuperamos, cambiamos de profesional y nos pusimos de nuevo manos a la obra.

Y ESTA VEZ SÍ QUE SÍ

La nueva ginecóloga era maravillosa. Tan atenta, tan amable, tan clara. Y en esto voy a ser muy directa, creo que es muy importante encontrar un profesional con el que os sintáis a gusto, para mí es algo primordial. Desde el principio nos tranquilizó mucho y nos dijo que no nos preocupáramos, que todo por lo que habíamos pasado era muy habitual y que no teníamos que alarmarnos por nada. Y a los dos meses, me quedé embarazada otra vez. Así de fácil.

Evidentemente, esta vez esperamos a los 3 meses y medio para decírselo a la familia y a los amigos. No queríamos ver por nada del mundo otra vez esas caras lastimosas que nos miraban con pena y compasión después de saber que habíamos fracasado en el primer intento.

En relación al embarazo la verdad es que no me puedo quejar. Los tres primeros meses, a penas sentí náuseas o mareos. Ningún vómito. Todo bien. Los tres siguientes, empecé a ver cómo me crecía la barriga y empecé a notar algunos golpecitos. Me acuerdo que cuando me dijeron que era una niña me puse muy contenta. Yo quería una niña y creo que todas las mujeres en algún momento hemos querido una niña, aunque está claro que sea lo que sea lo querrás igual. Durante todo este período me hizo mucha gracia el darme cuenta que cuando la gente me preguntaba que de cuánto estaba les respondía en semanas. Y es que los ginecólogos te hablan en semanas, no en meses. Antes de meterme en toda esta movida siempre me preguntaba por qué la gente no hablaba claro y decía “pues de 5 meses” y es porque queridas amigas, el embarazo no son nueve meses sino unas 40 semanas calculadas desde la última vez que se tuvo el período.

Algunas informaciones más para aquellas que no lo sepáis. Durante el embarazo te hacen miles de análisis y pruebas. Se tiene que hacer una prueba horrible que es para comprobar que no estés desarrollando una diabetes gestacional, en la cual tienes que ingerir un zumo de glucosa asqueroso. Si además, tienes tan buena suerte como yo de dar resultados poco claros, tienes que repetir la prueba durante toda una mañana en la que te tienes que beber muchos más zumos de estos, te tienen que sacar sangre cuatro veces y, encima, no puedes moverte. Y la respuesta es sí, el tercer período se hace largo, tienes sueño constantemente y se te hinchan los pies. Cuando se acerca la fecha señalada, lo único que quieres es que salga de una maldita vez, pues sientes que estás a punto de reventar.

Y FINALMENTE LLEGÓ MILENA

En mi caso, como imagino que en muchos otros a día de hoy, yo no tuve un parto sino una cesárea, y programada ni más ni menos. La verdad es que duró poquísimo, apenas 30 minutos. Y de repente, estando allí tumbada patas arriba y después que me pusieran la epidural (que sí que hace daño), nos dieron a mí y a mi pareja una cosita muy muy pequeña que se movía suavemente en nuestros brazos. Una pasada, no hay otra manera de describirlo.

Me acuerdo que la primera noche tuve bastantes dolores de la operación y aunque les pedía más drogas a las enfermeras, las señoritas me decían que tenía que aguantarme, que un poco de dolor era normal ¿Normal? Jolín, la verdad es que a mí no me parecía muy normal, pero tuve que aguantarme.

Para las que no tenéis bebés os digo, cuando por fin te dan el tuyo no tienes ni idea de qué debes hacer. Yo, siguiendo mi línea de mujer moderna y de mentalidad innovadora decidí no dar el pecho. Sinceramente, creo que a día de hoy, hay muy buenas leches para lactantes y la verdad es que con mi hija nunca he tenido problemas con esto. Aun así, evidentemente, tuve que soportar muchas caras preocupadas y disgustadas con mi decisión “Que si la leche materna es lo mejor, que así se crean defensas, etc.” Pues seguramente tengan razón, pero yo quería compaginar mi maternidad con mi profesión y, al ser autónoma, no tenía una gran remuneración por la baja maternal que digamos. Así que, después de mi mes de recuperación, me reincorporé al trabajo, cediendo generosamente los otros tres meses a mi pareja el cual estuvo encantado de haberse conocido.

¿Y AHORA QUÉ?

Mientras estás en el hospital, en el fondo todo va muy bien. Estás ahí tumbadita y tranquila. Unas enfermeras muy simpáticas te traen la comida y la cena. Sabes que pase lo que pase, estás rodeado de gente dispuesta ayudarte en todo lo que les pidas y sólo apretando un botón. Pero, cuando llegas a casa. Esto ya es otra cosa. Te encuentras sola ante el peligro, con una pareja que no sabe qué hacer, tú con un dolor que te mueres y con un bebé en brazos. Me acuerdo que me desplomé en el sofá y empecé a llorar desconsoladamente. Y el cretino de mi novio empezó a reírse diciendo que no era para tanto que ya nos las apañaríamos. Y es que las hormonas son muy puñeteras y te hacen llorar todo el rato y te sientes ridícula por no poder parar y por sentirte inválida por la cesárea. Es una explosión de emociones, un cóctel molotov que te cae encima.

Como en otras fases del proceso, te haces un experto en bebés. Aprendes a cambiar pañales, a limpiar el ombligo del bebé, a darle el biberón, a cambiarlo de ropa, a acurrucarlo para que se duerma, entre muchas otras cosas y todo a marchas forzadas. Pero poco a poco, ves que vas avanzando y el bebé parece que va tirando, así que quizás no lo estás haciendo tan mal. Además, desde el principio, me planteé llevar el tema del bebé “a medias” con mi pareja. Democracia ante todo. Aunque, queridas, no os engañéis como hice yo. Aquí la que pringa más y de todas todas es la madre. Porque no sé qué extraño gen nos separa a hombres y a mujeres que las madres siempre nos hacemos más responsables de nuestro bebé. Y está claro que habrá excepciones, como en todo, pero en mi caso no es así. Yo pringo más. Y la verdad es que tampoco me puedo quejar. Mi estupendo compañero es de los buenos, de los que se levanta para dar el bibe y cuidar de la nena.

COMO CUESTA ACOSTUMBRARSE

Y ahora Milena ya tiene 14 meses (porque ahora la cosa va por meses, no por años). Y es una pasada. Ha empezado a dar sus primeros pasos y se mueve por toda la casa y ¡Cómo de rápido va! Si te despistas un momento ya está metiendo los dedos en el enchufe o abriendo los armarios de la cocina para coger algún cuchillo o pote de lejía. Una monada. Y aún nos estamos acostumbrando a esto de ser padres, porque es cierto lo que te dicen: TE CAMBIA LA VIDA. Y como te la cambia Dios mío. Yo era de las que pensaba que las madres eran un poco exageradas. Pero amigas, no lo son. Es arrollador. De todas las cosas que tienes que hacer en tu vida, realmente solo hay una prioridad y es tu hijo. Todo lo demás queda relegado a un segundo plano. Antes me agobiaba cuando estaba con la niña, pensando todo el rato en el trabajo pendiente o en las demás cosas de la casa. Ahora estoy intentando aprender a tomármelo con más filosofía. Cuando estoy con ella, desconecto de todo lo demás y es que no se puede hacer otra cosa. Y conforme más crece es peor, porque reclama más atención y tienes que estar más pendiente. Quedar para salir con los amigos ¡Jaja! Es una odisea.

Hace poquito, ha empezado la guardería y yo tenía muchas esperanzas en el tema. Pensaba “qué bien, ahora tendré tiempo para mí”. El resultado ha sido que después de un mes de empezar en el cole, Milena ya se ha puesto enferma tres veces y de paso nos ha contagiado a su padre y a mí que hemos caído como moscas.

LO MÁS DE LO MÁS

Ahora estoy en este proceso de adaptación, asimilando todavía todo lo que me ha pasado en los dos últimos años. Pero una cosa sí que es cierta. Quiero a mi hija. La quiero más que a nada en este mundo y cada día que pasa la quiero más y más y no me arrepiento absolutamente de nada. Lo que te dicen es cierto, es duro, es cansado, es arrollador, pero ser madre también es lo más maravilloso que, al menos yo, he experimentado.


Helena Romeu Llabrés

Psicóloga clínica