La soledad escogida vs la impuesta

La soledad es un estado o circunstancia de la vida de cualquier ser humano que, cuando es escogida, puede llegar a ser muy placentera y beneficiosa para el individuo. Imaginémonos si no, a nosotros mismos en una playa maravillosa, tumbados en la arena, disfrutando de la suave brisa y el sonido acompasado de las olas. Miramos a la lejanía y no vemos a nadie. Estamos solos en el paraíso y el espectáculo de la naturaleza llena nuestros sentidos sin necesidad de nada más. Estamos en paz y tranquilos. Pensemos, por ejemplo, en un monje budista del Tíbet que,  recluido en el silencio de su santuario, en medio de las montañas, pasa las horas del día meditando, respirando el aire fresco y disfrutando de su estado tántrico.

Sin embargo, cuando es impuesta, la soledad puede ser un auténtico martirio. Pensad en el preso que está recluido en una celda de castigo, aislado completamente, durante días, sin contacto alguno con otro ser humano, a parte del carcelero que le lleva la comida. Imaginaros el enfermo al que le han detectado un virus muy contagioso y tiene que pasar varias semanas en cuarentena, en un recinto del hospital, completamente apartado de cualquier otro ser vivo. Sólo los pocos médicos que le atienden entran a su habitación, con trajes espaciales para no contagiarse de la terrible enfermedad. No quiero ni pensar, en el pobre náufrago que pasa días, semanas o meses, sólo en su pequeña barca, esperando desesperado avistar alguna embarcación que lo rescate.

Por lo tanto, la situación de soledad difiere mucho en sus consecuencias dependiendo de si es  escogida o es impuesta. No podemos hablar en términos absolutos en cuanto a si es algo positivo o negativo, pues todo dependerá de la intención y voluntad iniciales del sujeto que la experimenta.

La soledad física vs la emocional

En su definición del diccionario, el término soledad se ilustra de dos formas diferentes. Por un lado, tenemos la soledad física, que se acercaría más a los ejemplos anteriormente expuestos. Es decir, el individuo que está solo, sin otras personas a su alrededor, en ausencia de compañía.Por el otro lado, hay la soledad emocional, el sentirse solo, aunque la persona esté rodeada de gente o acompañada de otros.

La primera definición no tiene porqué implicar un componente negativo, todo dependerá, como hemos dicho antes, de la voluntad de la persona. Sin embargo, el sentimiento de soledad, lo que conocemos como el “me siento solo”, viene acompañado de aspectos negativos como tristeza, nostalgia, melancolía, añoranza, desconsuelo, pena, etc.

Me siento solo

En consulta, es muy frecuente escuchar a los clientes hablar de su pena y sentimiento de soledad. Por ejemplo, el marido que, después de toda una vida con su esposa, se separa. El hijo incomprendido por sus padres, que no se siente apoyado en sus decisiones. El que pasa por momentos difíciles en su vida y amargamente descubre como sus amigos del alma van desapareciendo uno a uno. El abuelo que, después de dedicar toda una vida a sus hijos, se ve solo en la residencia porque ninguno de los vástagos quiere hacerse cargo de él.

Todos estos casos, en cierta manera los podemos comprender. Todos ellos sufren de una pérdida o se encuentran en circunstancias desafortunadas, en las cuales preferirían no estar. Por lo tanto, es “entendible” que estas personas se sientan solas y tristes, porque rápidamente, uno puede explicar los motivos de su malestar.

Hay otros casos, más curiosos y difíciles de entender, aquellos en que, a priori, no vemos el motivo o explicación del sentimiento de soledad. Las situaciones en que la persona parece tener una buena vida, aparentemente próximo a su pareja, a sus familiares o amigos, pero que, aun así, le invade la sensación de soledad. En estas situaciones, en las cuales no vemos tan claramente el motivo aparente de la desdicha y el sufrimiento, son los que requieren un análisis más profundo.

El sentimiento de soledad y la baja autoestima

En este mundo, nos guste o no, nos ha tocado estar solos. Nacemos, vivimos y morimos solos, sin estar pegados físicamente a nadie. Puede ser que tengamos a gente alrededor que nos quiere mucho, personas que estarían dispuestas a dar sus vidas por nosotros (como algunos padres por sus hijos). Pero, si un día nos estamos ahogando en el medio del mar y estamos completamente solos, tendremos que valernos por nuestros propios recursos para sobrevivir.

Lo que quiero decir con esta metáfora es que, solamente podemos contar con nosotros mismos. Somos los únicos que pasamos 24 horas al día los 365 días del año en nuestros cuerpos. Nadie más lo puede hacer, aunque quiera. Por lo tanto, es muy importante trabajar nuestros recursos y herramientas internas para que, pase lo que pase, podamos tirar para  adelante, sin contar con nadie más (al menos, sin esperarlo). Porque la vida da muchas vueltas, todo puede cambiar en un segundo y no podemos contar para siempre con aquellos que creemos que estarán ahí.

Cuando una persona se acusa de baja autoestima, busca el amor, reconocimiento o apoyo en los otros, de manera que depende de ellos para estar bien, emocionalmente hablando. Cuando en algún momento, la persona se siente sola, aun así estando “rodeada” de gente, es muy probable que tenga una baja autoestima, porque el buscar la seguridad en los demás es algo que nunca nos llena del todo, porque los demás, simplemente, no pueden adoptar este papel. El sentirnos bien, felices, seguros, tranquilos, sólo lo podemos conseguir cuando estamos bien con nosotros mismos. Es por este motivo, que personalmente, relaciono el sentimiento de soledad, en estos casos un poco más inexplicables, con la baja autoestima.

El miedo a la soledad, ¿Cómo se soluciona?

En terapia, para poder dar solución a esta demanda, trabajaremos, entre otras cosas, la autoestima: el conocernos a nosotros mismos y a nuestro entorno, pero un conocimiento “real”. Promoveremos la actitud proactiva, el “llevar las riendas de nuestra vida” y ser protagonistas principales de la misma. Impulsaremos una actitud de compasión hacia nosotros mismos y hacia los demás. Propiciaremos la legitimación personal, la aceptación hacia uno mismo y la responsabilidad. Solamente de esta forma, seremos capaces de empezar a combatir la tristeza, la pena o el sentimiento de soledad, cuando nos aceptemos y nos queramos a nosotros mismos sin condiciones, tal y como somos y aceptemos la verdad de que debemos cuidarnos, con nuestros recursos y estrategias personales, sin esperar que otros lo hagan por nosotros.


Helena Romeu Llabrés

Psicóloga clínica