Seguro que en alguna ocasión os habéis encontrado diciéndole a vuestro hijo: “¿No puedes estar quieto?”, “¡Para de moverte!”, “Mira ese nene que bien se porta”…y así, con un amplio y variado repertorio, ¿pero es que parece que mi hijo es el único que no hace caso?

En muchas ocasiones, observamos a niños que necesitan estar en constante movimiento, molestan a otros niños, parece que no escuchan, no obedecen nuestras consignas…y nosotros estamos desesperados y sin saber qué hacer.

Esto hace que entremos en una dinámica familiar poco positiva: estamos enfadados continuamente, no paramos de repetir lo mal que se porta, lo comparamos con otros niños cercanos…y esto genera un gran malestar en el niño y, también, en la familia.

Es muy conveniente que tengamos en cuenta que cada niño evoluciona diferente y no podemos exigirles lo mismo a todos, ni esperar que realicen los mismos logros a la vez. Seguramente, lo vemos muy claro cuando los niños son más pequeños. Asumimos que no todos los pequeños van a caminar en el mismo mes, ni de la misma manera, tampoco van hablar a la vez, ni esperaremos que todos jueguen a las mismas cosas…y respetamos la evolución de cada niño porque entendemos que cada niño es diferente.

Lo mismo sucede con los adultos. No esperamos que los mayores encuentran trabajo a una edad concreta, ni que les guste viajar a todo el mundo, ni que todos nos acordemos de los cumpleaños de amigos y familiares o que seamos unos artistas haciendo manualidades…entendemos que cada persona evoluciona diferente y respetamos esa evolución.

Pero esto cambia cuando los niños tienen cierta edad y no se comportan según lo esperado. Por lo tanto, exigimos que estén atentos, que escuchen nuestras órdenes y obedezcan a la primera, que no se muevan constantemente y que estén atentos en la escuela. Cuando algún niño rompe estos esquemas se nos enciende la luz de ALARMA.

Hay muchos niños que tienen mayor dificultad para estar atentos, se distraen más fácilmente, necesitan moverse más y siempre se comportan así, no es algo que suceda ocasionalmente. En estos casos, hemos de entender que, posiblemente, la evolución de estos niños es distinta a la de los demás y a la esperada por los adultos.

Para que los podamos comprender mejor necesitamos conocer cierta información. Es la corteza prefrontal la que se encarga de frenar los comportamientos más instintivos e immediatos, aquellas cosas que realizamos sin pensar. Si no frenamos la inmediatez, lo que sucederá es que me levantaré a mirar una cosa que me ha llamado la atención, se me caerá la libreta porque he visto una mosca en el suelo, no tendremos en cuenta que nos han dicho que era hora de recoger…

Por ello, es necesario la maduración de la corteza prefrontal para tener mayor capacidad de autocontrol, mejor memoria immediata, focalizar la atención y la concentración, etc. Pero la maduración se produce en momentos y a ritmos diferentes, posiblemente parecido al ritmo que se dio en sus propios padres.

En estos casos, estos niños están muy estigmatizados y se creen que son malos, que no hacen caso aunque quieran hacerlo, que no pueden estarse quietos aunque su profesora se lo pida…y sufren. Sufren porque entienden lo que le pide el adulto pero tienen muchas dificultades para llevarlo a cabo, no por rebeldía sino por immadurez.

Esto les genera tener muy baja autoestima, una incorrecta autoimagen, tienden a compararse constantemente con otros niños y viven rodeados de enfados y negatividad.

Por ello, es importante que el adulto maneje esta información, pueda entenderlos y ayudarlos.

Algunas de las pautas que los familiares y educadores deberían seguir en estos casos son:

  • Asegurarnos que realmente escuchan nuestras consignas, es decir, establecer contacto visual y físico.
  • Dar consignas concretas y concisas. Tendemos a dar muchas órdenes: “Es muy tarde, es hora de recoger, vete al baño y luego a cenar”. Seguramente en la primera orden ha dejado de atender y siga con lo que está haciendo.

En este caso, sería mejor plantearlo así: “Vamos a recoger los coches” y podemos acompañarle para que le resulte más fácil. A continuación, continuaremos con las otras órdenes, “desvístete”, “lo estás haciendo muy bien, lleva ahora la ropa sucia al cesto”…

  • Reforzar y felicitar las cosas que hace bien, que seguramente son muchas. En la mayoría de ocasiones, nos centramos en aquellas cosas que no son de nuestro agrado y adquieren una dimensión extraordinaria obviando aquellas que son positivas y que no reforzamos de la misma manera.
  • Nos ponemos en su lugar y podemos verbalizar que entendemos lo que le sucede y que nosotros le acompañaremos e intentaremos ayudarle.
  • No comparar con otros niños. Cada niño es diferente a todos los niveles y el comparar, cuando a nosotros nos interesa, genera malestar, desconfianza y desmotivación.

Es importante no perder de vista la situación de nuestros hijos y dejarnos guiar y aconsejar por un profesional que pueda valorar si esta situación puede deberse u ocasionar algún déficit y/o trastorno.


Verónica Vega

Psicóloga infanto-juvenil

¡Mi hijo no para!
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