Aitor es un hombre de 37 años de edad. Tiene síntomas de ansiedad y depresión, aunque actualmente está relativamente estable gracias a la medicación que toma. Hijo menor de dos hermanos, tuvo una infancia bastante dura, con un padre autoritario y agresivo y una madre sobreprotectora y muy rígida. En su casa siempre se le trató de “fracasado”, igual que a sus hermanos, por lo que, a día de hoy, entre otros motivos, no goza de buena autoestima.

Está con Laura desde hace 7 años y tienen un hijo de 5.

Laura es una mujer de 38 años de edad que procede de una familia algo disfuncional. Hija menor de dos hermanas. En su casa eran duros con ellas, siempre culpabilizándolas y castigándolas. Su madre, muy depresiva, su padre, un pobre hombre. Laura se tuvo que hacer a sí misma para tirar para adelante, sin ningún modelo a seguir. Estudió en la universidad y consiguió llegar muy lejos a nivel laboral. Actualmente tiene una compañía de telecomunicaciones. Es una mujer rígida, inflexible, muy exigente consigo misma y con los demás.

Aitor acude a mi terapia porque está saliendo de su última crisis depresiva en la que ha tocado fondo por cuarta vez en su vida. Actualmente, está de baja y se siente muy vulnerable. Tiene una imagen muy negativa de sí mismo y plantea varias demandas para trabajar en terapia: mejorar autoestima, estar bien con la familia, poder disfrutar de las cosas, volver a trabajar lo antes posible, dejar de tener tantos miedos, reducir el consumo de cannabis, ser más responsable, sentirse más activo y con más energía, etc.

La primera impresión que le traslado es que creo que se presiona mucho a sí mismo, que se obliga a demasiadas cosas y que en lo único que se tiene que centrar, de momento, es en estar bien consigo mismo, aceptarse tal y como es, quererse y cuidarse, y le digo que exigirse tanto no le hace ningún bien.

Planteamos hacer una sesión con su mujer, pues esta acostumbra a presionarle mucho y consideramos que plantearle su situación desde otra perspectiva ayudaría.

En la visita, Laura me plantea mucho malestar en relación a su marido. Siente que este siempre está mal, deprimido y ansioso. No confía en él y constantemente tienen que discutir para ponerse de acuerdo en todo. Además, dice que él le miente a menudo en pequeñas cosas como en el gasto de dinero, en las cosas que ha hecho durante el día o en si ha fumado más de la cuenta.

Les cito a ambos para una terapia de pareja y les pongo deberes: que cada uno traiga una lista de tres cosas que le pediría al otro.

En la sesión conjunta, la primera cosa que Aitor le pide a Laura es que no le trate tan duramente. Se siente dolido y preocupado porque su mujer es muy estricta con él y el niño. Muchas veces les chilla y les trata de “tiquismiquis”, rechazándolos constantemente. Cuando hablo con Laura, me dice que para ella es muy importante el valor del esfuerzo y la fortaleza y que siente a menudo que ambos (marido y niño) se muestran débiles y pesimistas.

Delante de esta situación, y resumiendo mucho, le digo a Laura que estoy de acuerdo con ella, que ambos tienen que aprender a ser fuertes y seguros de sí mismos pero que quizás, la forma como ella intenta enseñarles no es la más adecuada, entre otros, porque por más dura que sea, tanto el pequeño como su marido no cambian su actitud.

Les ofrezco nuevas herramientas para practicar, todas ellas basadas en el refuerzo positivo, el amor incondicional y le hago entender a Laura que el castigo y las “broncas” no le enseñarán a su marido ni al niño a ser más fuertes sino a encararse, a tenerle miedo o a mentirle.

Parece ser que Laura lo encaja bien y pasamos al segundo punto. En este caso es ella quién plantea un cambio a Aitor. Le pide que no le mienta y que sea más fuerte en la vida. Que tiene que ponerse bien rápido y volver a trabajar.

Después de hablar un rato sobre esta demanda, les planteo a ambos un ejercicio: el análisis transaccional basado en el modelo de los estados del yo de Eric Berne. A grandes rasgos y en un intento de resumir dicha teoría, les explico que todas las personas, al relacionarnos con el otro podemos adoptar tres tipos de “roles”:

  • El padre: hablamos de un padre autoritario, rígido, dictatorial, inflexible y que utiliza el refuerzo negativo (culpa, castigo, amenaza, etc.) para educar al hijo. Por el contrario, también podemos hablar de un padre demasiado flexible, que no inculca valores ni límites a sus hijos, alguien desapegado que no les muestra amor incondicional. En general, en todos los ejemplos, hablamos de un estilo de padre que ejerce un estilo educativo disfuncional.
  • El niño: nos referimos al rebelde, al que se encara con sus padres, el que chilla o pega y que se opone a todo. También del niño miedoso, que no hace nada por sí mismo, que no es responsable ni independiente. Finalmente, del niño mentiroso y “listillo”, que delante del castigo parará su conducta disruptiva, pero hará travesuras a las espaldas de los padres.
  • El adulto: Nos referimos a la persona adaptada y funcional, aquella que es responsable, que se respeta a sí misma y a los demás. Hablamos de un sujeto sano emocionalmente, que no intenta imponer por la fuerza a los demás, que es independiente y autónomo y que trata al otro en este mismo sentido.

Después de esto, le pido a cada uno que se identifique con su rol respecto al otro y el resultado es que Aitor se identifica como Niño y Laura como Padre.

El tema es el siguiente: Laura quiere que Aitor sea más fuerte, pero tratándolo como a “niño” lo único que hace es perpetuar este rol. Su sistema de pareja, mientras sigan con estos roles, está condenado a reproducirse una y otra vez, ya que se retroalimentan el uno al otro.

Parece ser que ambos lo entienden y deciden ponerse manos a la obra para romper esta dinámica. Ambos tienen el mismo objetivo, estar bien consigo mismos, estar bien con la pareja y con la unidad familiar. Son inteligentes y están dispuestos a trabajar para cambiar aquello que no funciona, así que les auguro un grandísimo éxito.


Helena Romeu Llabrés
Psicóloga clínica

Problemas de roles en la pareja
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