“Nadie puede cambiar radicalmente la pauta de su vida mientras no se pueda verla como es. A partir de este momento, los cambios se sucederán naturalmente. Y no es necesario forzar, nadar, luchar contra nadie, ni obedecer reglas dictadas por una autoridad. Entonces cambiamos automáticamente, esto es todo. Pero para llegar a esta comprensión inicial, para ver qué somos y cómo somos sin engañarnos, sin perjuicio ni resistencia alguna, hace falta un gran esfuerzo.” (BHANTE HENEPOLA GUNARATANA)[1]

Cuando estamos llenos de malestar y desorientados, los seres humanos tendemos a buscar aquella opinión que nos permita salirnos del bloqueo en el que nos encontramos. Unas veces es la familia, otras los amigos, unos compañeros o, hasta unos profesionales de la salud a los que consultamos, esperando encontrar aquella manera de mirar diferente a lo que nos hace aquello sentirnos mal y, así, encontrar la manera de afrontarlo.

En esas circunstancias frecuentemente olvidamos que aquello que percibimos y que llamamos “realidad” -la causa de nuestro malestar-, está siempre tamizada por nuestras creencias,experiencias pasadas, expectativas, cultura, estado físico o emocional, etc.  Explicamos, escuchamos y actuamos como si lo que está sucediendo fuera la única “realidad” posible. De la misma manera, filtramos los consejos o la visión que nos ofrece el otro en función de esta  “realidad”. De alguna forma, podríamos decir que tendemos a aceptar solo aquello que se adapta a nuestra manera de ser o la expectativa de lo que nos gustaría llegar a ser.

De igual manera, también es cierto que siempre aprendemos alguna cosa de las palabras de los demás y que estas experiencias nos ayudan a adquirir nuevos conocimientos que nos han ayudado a gestionar mejor ciertos estados alterados y adaptarnos mejor a las pruebas que nos pone la vida.Esta incorporación de nuevos comportamientos retroalimenta la imagen de lo que somos o creemos ser. Pero si observamos con detenimiento estos cambios, concluiremos que, en muchas ocasiones, solo funcionan superficialmente -solo recordar lo que sucede cuando somos sometidos a una situación de colapso o de gran tensión-y seguramente advertiremos que las cosas, en realidad, son muy diferentes. La fuerza de las habilidades aprendidas a través de las palabras se diluye, y son rápidamente sustituidas, de nuevo, por el viejo funcionamiento automático. Es esta volatilidad de los cambios que es sustenten en el pensamiento la que nos invita a explorar un camino complementario- que no alternativo – para intentar conocernos. Un camino donde la experiencia se pueda adquirir sin la intermediación constante de las palabras y los pensamientos.

¿Por qué es necesario cambiar? ¿Por qué es necesario conocernos para poder cambiar? Seguramente porque lo que ahora somos es el resultado de lo que hemos sido. Y mañana seremos el resultado de lo que somos hoy. Para cambiar hoy, tenemos que aproximarnos al conocimiento de lo que somos por una vía del Silencio.

La ruta por la que nos lleva el Silencio no es el de los pensamientos, palabras… sino el de una práctica. Cuando practicamos, intentando suspender los juicios -para observar la realidad del momento tal como es en el presente-, en cierta manera limpiamos sutilmente la mente de los pensamientos que nos alteran y de los que nos convierten en esclavos de nuestros estados emocionales. Observamos, que cuando no hay Silencio y nos dejamos llevar por los pensamientos, surge algo que podría parecerse a unas “toxinas psíquicas” – rabia, odio, miedo, tristeza- que actúan como intensificadoras de las sensaciones de malestar.

El Silencio, que se produce cuando conseguimos suspender los juicios, opera de una manera lenta y nos acerca sutilmente a comprender la realidad tal y como es. Cuanto mayor es esta comprensión, mayor es nuestra sensación de flexibilidad, tolerancia, empatía y, sobre todo, la impresión de estar cambiando nuestra actitud frente al malestar. Cuando intentamos aceptar lo que surge sin pretender que sea diferente, poco a poco sin saber que lo motiva, empezamos a estar dispuestos a perdonar y a perdonarnos. Nos sentimos más cerca de los demás porque los entendemos. Lo conseguimos porque, mirando profundamente en nuestro interior y descubriendo nuestras limitaciones y las mil maneras en que nos engañamos, aprendemos a entendernos a nosotros mismos. Conectar con todo aquello que nos hace sentir vulnerables nos hace más humanos en la medida que nos permite comprender de que forma el otro puede ser también esclavo de sus pensamientos, sensaciones, emociones, etc. Es el descubrimiento de nuestra humanidad lo que nos abre a amar y ser amados amigablemente, y a ser compasivos con nosotros mismos y con los demás.

Estas pequeñas experiencias nos animan a tener fe en la práctica del Silencio. La fe en la práctica meditativa no es basa en la convicción de la certeza de las palabras transmitidas por personas que para nosotros son una autoridad. Esta fe no es una cosa que se tiene o no se tiene, es algo que se parece más a un proceso, al proceso de confiar en nosotros mismos. Consiste en saber que una cosa es cierta porque funciona en nosotros.

Confiando en nosotros, confiando en nuestras experiencias vividas mientras meditamos, cuando estamos en Silencio, iremos avanzando en el camino de vernos tal como somos.

[1] BHANTE HENEPOLA GUNARATANA “ El libro del Mindfulness” Col.lecció Sabiduría perenne. Ed Kairós Barcelona 2002


Toni Gràcia Pastor