Cualquier persona es susceptible de sufrir algún problema de salud mental a lo largo de su vida.

Esta sociedad que va a toda prisa, que premia valores y basa su funcionamiento en la competición, el individualismo y el consumo y que su objetivo principal es la generación de riqueza económica, nos enferma.

Competición: Desde pequeños nos enseñan a través de la competición. En la escuela se dice de los “buenos estudiantes” y de los “malos estudiantes”, a unos se los premia y a otros no. Los juegos más habituales también son competitivos, las relaciones que establecemos en la infancia tienen también un fuerte componente competitivo.

Individualismo: Fomentando actitudes y rasgos como la independencia y la autosuficiencia, se promueve el ejercicio de los objetivos y los deseos propios, en lucha por la liberación. D e esta forma nos educan para ser “fuertes” e independientes. Muchas veces en terapia y fuera de ella, he escuchado el mensaje interiorizado de “lo importante de ser alguien en esta vida” (indica competición e individualismo).

Consumismo: La tendencia al consumo innecesario y excesivo de bienes y productos es muy evidente en nuestra sociedad. Tenemos de todo y seguimos queriendo más.

Podemos decir que vivimos inmersos en una especie de canibalismo social.

Los seres humanos somos por definición seres sociales, por lo que necesitamos y dependemos los unos de los otros. Cooperar por lo tanto parece ser algo más saludable que competir entre nosotros.

Esta disensión entre lo que somos y lo que nos forzamos ser personal y socialmente nos puede fácilmente generar por lo menos malestar (frustración…) y también facilitar la aparición de problemas de salud mental (más frecuentemente trastornos de ansiedad, depresiones, trastornos de la conducta alimentaria y otros trastornos de conducta, aunque también trastornos psicóticos).

Vivimos bajo presión sostenida. Esta provoca estrés y si éste perdura tiene efectos negativos en nuestro organismo: aumento de la tasa cardiaca, la presión sanguínea o la actividad respiratoria. Efectos somáticos (fatiga, insomnio, temblor, dolores), emocionales (ansiedad más asociada al estrés temporal y depresión más asociada a un estrés crónico), cognitivos (indecisión, actividad mental acelerada, pérdida del sentido del humor, de la concentración y la memoria) y comportamentales (no poderse estar quieto, morderse las uñas…).

Esta sociedad que aboga por la normalidad (lo que se ajusta a la norma impuesta), tiende a estigmatizar y hasta a aislar al que se sale de ella, perjudicando gravemente al individuo juzgado como no normal. De esta forma, muchas personas que sufren de ansiedad, de depresión o de otro problema de salud mental, tienden a vivirlo en silencio, en soledad, por temor a las consecuencias sociales de recibir la etiqueta de turno (depresivo, loco, esquizofrénico…). Además, el mal causado por el género psycho killer, por lo amarillo y demás, ha conseguido extender la creencia falsa de que las personas que padecen algún tipo de trastorno mental pueden ser más violentas.

No solo el funcionamiento de la sociedad lleva a enfermar a muchas personas sino que además las formas de intervención más comunes tienden a individualizar el problema de tal forma, que el foco se pone sobre todo en el individuo descuidando su entorno, sus circunstancias y su realidad, los aspectos que han facilitado el problema que padece en su persona.


Laia Oliva
Psicòloga – Psicoterapeuta No col. 14057