En base a nuestra experiencia personal, ya sea como padres o hijos, todos sabemos que la adolescencia es una etapa decisiva en nuestras vidas, y por ello bastante complicada. Desde un punto de vista psicológico, podemos decir que la adolescencia es una etapa de notables cambios en el desarrollo de las personas, que afectan a sus distintos ámbitos de comportamiento y que marcan de manera decisiva su incorporación al mundo adulto. Esta etapa de nuestras vidas se caracteriza por ser un período de transición hacia las formas de comportamiento propias de la etapa adulta. Esto se materializa en la aparición de una serie de nuevas potencialidades comportamentales de interpretación y actuación sobre la realidad, potencialidades cuyo grado de dominio efectivo indicará un tránsito más o menos apacible durante esta época vital.

Durante la etapa adolescente se producen agudos cambios biológicos en nuestros cuerpos. Sin embargo, la adolescencia no se limita a estos cambios, sino que, debido a la naturaleza social de nuestra especie, implica la adquisición de un amplio conjunto de capacidades y formas de comportamiento. Estas están relacionadas con la transmisión de una “herencia cultural”, es decir, la posibilidad de llevar a cabo una vida independiente y formar un nuevo núcleo familiar. Algunos ejemplos de estas nuevas habilidades podrían ser: capacidades relativas al propio cuidado y mantenimiento material, independencia emocional respecto de los adultos, establecimiento de relaciones interpersonales más elaboradas o la adquisición de sistemas de valores para guiar el comportamiento.

La adolescencia es entonces un período específico en el proceso evolutivo de las personas que puede prolongarse entre seis y diez años. Se trata de una fase vital de naturaleza fundamentalmente social y psicológica (los cambios biológicos se encuadran dentro del concepto de pubertad) que consiste en la transición de la persona desde el estatus infantil al estatus adulto. Desde la perspectiva del desarrollo psicológico la característica principal de la adolescencia es el acceso progresivo al pleno ejercicio de la autonomía personal.

Entonces, en base a lo expuestos, como adultos, en la medida en que nos relacionemos con adolescentes, nuestra tarea será comprender los cambios definitorios que se están produciendo en sus vidas. No podemos obviar su importancia fundamental como etapa definitoria del proyecto vital y de la identidad de la persona. Nuestra actitud debería estar enfocada hacia guiar la natural ansia de libertad y autonomía personal que surge en esta etapa. Lo que proponemos es afrontar esta etapa en positivo a partir del análisis de la amplia gama de posibilidades de desarrollo que se abren durante la misma. De hecho, a pesar de los prejuicios que rodean la adolescencia, el grado de conflictividad dependerá de las condiciones y recursos personales de la persona y su entorno, por lo que es fundamental el apoyo que pueda recibir durante este proceso.

A modo de conclusión, podemos establecer unos criterios generales que ayuden a facilitar el tránsito durante esta etapa vital. En primer lugar, es recomendable proporcionar unas normas de relación interpersonal adecuadas y ofrecer el apoyo emocional y los instrumentos para resolver los retos que se planteen. También es necesario que la persona se introduzca en contextos sociales variados que funcionen a la vez como soporte y estímulo a su autonomía personal. Así se lograría una introducción progresiva con las experiencias propias de la vida adulta. Al mismo tiempo, son desaconsejables las formas de relación excesivamente rígidas o aquellas en las que está ausente el apoyo y la orientación. Está demostrado que las formas de crianza basadas en la comunicación, el afecto y el fomento de la autonomía por parte de los progenitores tiende a resultar en una etapa adolescente más apacible y menos conflictiva.