La rabia es una emoción básica que aparece como respuesta ante una frustración, o lo que es lo mismo, aparece cuando un obstáculo se impone en el camino de consecución de una meta. De esta forma, la rabia, una emoción considerada negativa para muchos, es la emoción que nos permite modificar aquello que nos impide; luchar contra aquello que consideramos injusto; defender lo que valoramos.

Cuando nos enfadamos, segregamos una hormona llamada norepinefrina, que es la encargada de tensionar la musculatura del cuerpo, de esta forma nos preparamos para el ataque. La rabia es una emoción de recorrido breve y es importante que cuando aparece le demos su espacio, su salida, ya que inhibir su respuesta implica la retención de hormonas producidas para descargarse. Eso no significa que nos dejemos llevar por ella, es importante gestionarla de forma adecuada. Si bien inhibirla no es bueno para el organismo, la persistencia de la misma también produce daños en el sistema cardiovascular.

En consulta acuden (no pocas) personas “que quieren cambiar”, que me cuentan cómo sus explosiones de ira perjudican las relaciones con las personas más cercanas (pareja, compañeros de trabajo, padres, hijos…), las cuales sintiéndose heridas o tratadas de forma injusta, se van alejando progresivamente de ellos, pudiendo acabar en rupturas al fin.

Las personas que no gestionan adecuadamente su rabia, me explican que no pueden controlar el enfado y que “explotan”, “que pierden el control de sus nervios”. A la vez, reconocen que después de la explosión se recuperan con mucha mayor facilidad que sus seres “atacados”, quienes sufren el agravio de forma más duradera. El “atacante” tiene mayor facilidad con empezar de 0 otra vez cuando la explosión ha finalizado, mientras que el “atacado” va sedimentando hacia él grandes dosis de cansancio, tristeza, saturación, rabia,  miedo… .

Cuando un adulto que “quiere cambiar” (relativo a la temática de la ira) viene a consulta, acostumbra a mostrar un sentimiento de desagrado hacia él mismo, incluso se muestra también enfadado consigo mismo. Si bien puede justificarse  los motivos para los enfados, muchas veces siente la pena y el remordimiento por su conducta desproporcionada hacia el otro. Sabe que daña y eso perjudica su imagen de sí mismo, su autoestima.

Las consultas referidas a “conseguir el control de la ira”, o lo que a mí me gusta más, el aprender a regular/gestionar adecuadamente esta emoción, el no dejarnos llevar por ella, sino dirigirla nosotros eficazmente,  son un tipo de demanda que cuando va asociada a  una forma de ser “empática”  (aunque en apariencia pueda muchas veces aparecer “dura”), la mayoría de las veces conducen a un proceso y un final de tratamiento psicoterapéutico, en el que conjuntamente logramos este aprendizaje en la gestión de la rabia, que en sí mismo favorece enormemente a la mejora de la autoestima y calidad en la relación con los demás.

Las claves para ello son:

  • Reconocer el problema y querer solucionarlo
  • Confiar en que juntos lo podemos cambiar y mantener una actitud terapéutica receptiva a la vez que necesariamente proactiva.
  • Hacernos conocedores “expertos” de nuestra propia rabia: cuándo aparece, cómo aparece, por qué y sobretodo también, el para qué.
  • Identificarla y entender su origen, el mantenimiento de la misma y sus repercusiones
  • Aprender mecanismos para lograr una gestión positiva y eficaz de la misma
  • Mantener la constancia en ello

Impedimentos, trampas o autosabotajes que nos imponemos que dificultan lograr el cambio:

  • Creer que no podemos conseguirlo “es que la rabia se apodera de mi y no lo puedo remediar”
  • Dar cancha a un determinismo, que para mí es un sin sentido: “es que soy así”, “no puedo cambiar”
  • Pensar, creer que es uno mismo quien tiene la razón.
  • Culpar al otro: “es él quien me hace perder los nervios”
  • Visión polarizada o del “blanco o negro”

Algunas ideas para mejorar cuando nos enfadamos:

  • Cuando “el no querer dañar” está dentro de nuestros valores principales, es importante que nuestra conducta acompañe a dicho valor. De esta forma, es interesante revisar nuestro sistema de valores y procurar ser lo más humanamente posible coherentes con él.
  • Asumir la responsabilidad del cambio: Es cosa de uno mismo aprender a regular esta emoción (con o sin ayuda). No busquemos culpables ni impedimentos, somos nosotros mismos los responsables de nuestros cambios. Voluntad, implicación y responsabilidad son aspectos básicos para una buena gestión de la ira.
  • Entender la importancia que tiene el “cómo interpretamos” aquello que nos hace enfadar. Descubrir interpretaciones nuevas y alternativas que permitan “enfriarnos”.
  • Ponerse en el lugar del otro permite poder entender su postura, sus motivos, lo que siente….
  • Cambiar una actitud competitiva por una de cooperación. Mantener una visión de equipo.

Laia Oliva

Psicóloga. Psicoterapeuta.