Educacion infantil

Introducción a los métodos educativos

Analizaremos en este apartado las conductas más adecuadas para ser empleadas si queremos encauzar el comportamiento de los chicos y chicas.

En primer término valoraremos el efecto de los castigos. Las conductas que suponen un castigo son empleadas muy frecuentemente por todos los padres del mundo a la hora de educar a sus hijos.

Castigo

Entendemos como castigo cualquier acción que implique mostrar descontento con los comportamientos de alguien. Por lo tanto cuando hablamos de castigo no nos referimos necesariamente a los castigos físicos. De hecho son muy numerosas las conductas que entran dentro de la categoría de actos de castigo. Los castigos más habituales son los que suponen una descarga momentánea: gritar, reñir, inculpar, poner mala cara, etc.

¿Por qué las conductas de castigo son tan frecuentes? Veámoslo:

  • Los padres castigan con frecuencia, porque el efecto inmediato de los castigos es muy bueno. Generalmente los niños obedecen y dejan de hacer “fechorías” en el mismo momento en que se les grita, amenaza o pega. Es probable que estuvieran sin hacer caso de las advertencias efectuadas en tono de voz normal, o que estuviesen incumpliendo una orden, y que apenas se les gritó o amenazó hiciesen lo que se les mandaba.
  • Pero sucede que el efecto de los castigos es momentáneo. Por lo general, los padres que castigan a sus hijos se quejan de que el niño no aprende por más que lo castigan, y que deben castigarle una y otra vez. “Por más que le castigo sigue con su mal comportamiento” y “No tengo más remedio que acabar castigándole cada día” son frases que estamos acostumbrados a oír.
  • Esto es así porque EL CASTIGO NO GRABA CONDUCTAS. Un castigo es un factor que permite que una conducta disminuya de frecuencia MIENTRAS SE APLICA el CASTIGO, pero que, de la misma manera, hace que la conducta indeseada AUMENTE CUANDO EL CASTIGO CESA.

Cuanto estamos diciendo es importantísimo para explicar los mecanismos por los cuales se aprenden normas de conducta. Un ejemplo sangrante de lo que venimos diciendo es el efecto de las cárceles. El castigo carcelario sirve para que los malhechores no cometan delitos contra la sociedad MIENTRAS ESTÁN EN LA CÁRCEL. Pero de todos es sabido que los maleantes no salen de la cárcel hechos precisamente unos angelitos del Señor, y que es más que probable que nuevamente cometan transgresiones tan pronto como se crean en condiciones de hacerlo.

  • Con relación al castigo (a cualquier castigo) se producen seis hechos inexorables:
  • Como que el efecto es momentáneo, la conducta castigada se presentará nuevamente, en uno u otro momento.
  • Como que los padres notan que el castigo surte efecto en el momento en que lo aplican, se sienten “recompensados” y tienden a castigar… cada vez más, y cada vez con mayor energía, pero con igual inutilidad en cuanto a resultados a medio o largo plazo.
  • El niño va aprendiendo a hacer cada vez mejor sus travesuras (aprendiendo a ocultarlas); no mejora su conducta, pero aprende a evitar el castigo. Lo mismo sucede en los malhechores que, en sus periodos carcelarios, aprovechan para “doctorarse” en delito y aprender a cometer mejor sus desmanes, para que no les echen el guante.
  • De la misma forma, el niño va haciéndose insensible a los castigos (como un mecanismo de defensa ante ellos). ¡Cuántos padres comentan que el niño parece tomar a broma los castigos! Y no es que el niño los tome exactamente a broma, sino que intenta demostrar a quienes le castigan que por ahí no van las cosas. En el fondo tiene razón; pero quienes le castigan, muchas veces, no vislumbran mejor solución que aumentarle el grado de los castigos “a ver si aprende de una vez”. Sin tener en cuenta que el castigo no hace aprender nada, de nada, de nada, excepto en cuanto al hecho de que quien los sufre aprende a escabullirse de ellos.
  • Sean o no físicos los castigos, estamos induciendo un aumento de la agresividad de los niños. Les damos un ejemplo de que “cuando estamos enfadados con alguien, es bueno ir contra él” lo cual provocará indudables derivaciones indeseables. Recordemos que hay castigos “morales” (culpabilidad por ejemplo) que pueden hacer tanto o más daño que un castigo físico, provocando una mayor agresividad en el niño/a.
  • Se deterioran las relaciones entre padres e hijos. Este hecho, que puede ser poco evidente en niños pequeños, será la causa de gran cantidad de las llamadas “crisis de adolescencia”. No olvidemos que en la adolescencia “los niños nos devuelven aquello que les hemos dado”. Si les hemos sometido a técnicas de disciplina mediante castigos (en lugar de enseñarles a conseguir una autodisciplina) en la adolescencia van a aprovechar para “devolvernos la pelota” y envolvernos en disputas, peleas, o conductas peores…

”¿Cuáles son las conductas adecuadas para ser empleadas en lugar de los castigos?”

Consideraremos ahora las técnicas para conseguir que los niños dejen de hacer actos inadecuados, sin tener que recurrir al castigo.

Lo que nos interesa es que aprendan nuevas pautas de comportamiento, de manera que a la larga varíen su conducta de acuerdo con nuestros deseos. Por lo tanto, deberemos olvidarnos del efecto momentáneo (el único que obtenemos con los castigos) y nos centraremos en buscar efectos duraderos a largo plazo.

”¿Cuáles son las recompensas que suelen dar mejor fruto?”

Políticas de recompensa

Son las técnicas que nos van a servir para este objetivo de conseguir efectos estables. En esta vida, todos los humanos tendemos a realizar aquellas cosas en las que hallamos una compensación, en tanto que evitamos aquéllas que nos suponen un esfuerzo o una dificultad no compensada. Si nos molestamos en recompensar las conductas de nuestros hijos que queremos ver “implantadas”, lograremos que tales conductas representen para ellos algo satisfactorio, que les depara compensaciones.

Las leyes que rigen el aprendizaje humano son inexorables. En esta vida aprendemos a realizar aquellos comportamientos que nos rinden algún beneficio, sea este material, moral o neurótico. Con nuestros hijos sucede exactamente igual: aprenden a realizar aquellos comportamientos que les deparan alguna compensación o, lo que es lo mismo, que les sirven para algo. Teniendo en cuenta que nosotros monitorizamos el aprendizaje del comportamiento de nuestros hijos (o que deberíamos hacerlo), tenemos en nuestras manos conseguir que nuestros hijos aprendan uno u otro comportamiento, interioricen unas u otras normas. Pero para ello, debemos conseguir que el aprendizaje de tal o tal conducta, vaya a depararles un beneficio. En otras palabras: aprenderán lo que nosotros sepamos recompensar.

El principal obstáculo para que nuestros hijos desarrollen unos comportamientos adecuados, está en nosotros mismos y en nuestro modo de compensar sus conductas. Por ejemplo:

  • Queremos hijos autónomos, que tomen decisiones por su cuenta y que sepan responder adecuadamente a las demandas que la vida les plantea. En cambio, castigamos sus iniciativas si no están de acuerdo con nuestra particular manera de ver la vida; les reñimos si hacen cosas sin consultarnos o si actúan sin pedirnos permiso. ¿La consecuencia? Que nuestros hijos prefieren ser dependientes porque les supone mucho menor riesgo.
  • Queremos que nuestros hijos tengan ilusión por hacer los trabajos escolares y que no tengamos que acuciarles para que estudien, hagan sus problemas… etc. En cambio, no comprobamos fehacientemente la pertinencia de los planes de estudios a que están sometidos, ni la capacitación de los docentes que los imparten. ¿El resultado? Una tasa de FRACASO ESCOLAR que se halla entre las más altas del mundo. Hoy en día nadie enrojece al presentar cifras de fracaso escolar por encima del 30 % (¡o del 60 % para bachillerato!). Y, sin embargo, tales cifras nos obligan a pensar que “algo huele mal” en la planificación de la educación.
  • Queremos que nuestros hijos no lloren, ni griten, ni hagan pataletas, ni se pongan tozudos cuando quieren salirse con la suya en un tema que no es de recibo. En cambio, acostumbramos a darles lo que quieren “para que se callen y nos dejen tranquilos”. ¿El resultado? Los niños cada vez gritan más, lloran más y patalean más, porque aprenden que es un método interesante para llegar a salirse con la suya.
  • Queremos unos hijos autoafirmados, seguros de sí mismos, satisfechos, audaces. Pero les recordamos constantemente que son unos pesados, que nos molestan, que por su culpa estamos todos nerviosos, que deben consultar antes de hacer algo, que no hay que correr riesgos, que los niños deben hacer únicamente lo que mandan los mayores, que deben callarse cuando los mayores hablan. En consecuencia obtenemos niños dependientes, con dificultades para afrontar problemas o para poner en marcha sus propios recursos.
  • Queremos que sean independientes, pero les acostumbramos a esperar la aprobación de los demás y les exigimos que su comportamiento sea tal que todo el mundo les quiera. El resultado es que conseguimos unos hijos dependientes, pasivos, que no se atreven a hacer nada si no tienen toda la seguridad de que van a hacerlo bien (con lo cual, cada vez hacen menos cosas). Buscan aprobación y beneplácito, sin darse cuenta que es imposible que todo el mundo les acepte en cada momento, y sintiéndose desgraciados por no conseguirlo.
  • Queremos que nuestros hijos emprendan cosas, afronten obstáculos, se esfuercen por luchar. En cambio premiamos únicamente el éxito y les exigimos perfección en todo aquello que hagan sin pensar que el fracaso es algo inherente a la naturaleza humana, y que es imposible ser irremisiblemente perfecto. El resultado es una mala tolerancia a las frustraciones y poca capacidad para tomar decisiones o para asumir riesgos.

En todos los casos, los niños no se portan mal por ignorancia, o por desidia, o por maldad. Se comportan tal como el sistema de recompensas existente les ha enseñado a comportarse. Dadas las circunstancias es muy posible que nosotros nos comportásemos exactamente igual que ellos si nos pusiéramos en su lugar.

Analicemos nuestra propia actuación. ¿No es posible que hayamos caído más de una vez en algunos de los siguientes errores?

  • Necesitamos mejores resultados, pero no controlamos el trabajo diario con una política de objetivos. Prometemos al niño un premio si “aprueba a final de curso”, pero no comprobamos los resultados de sus esfuerzos diarios, recompensándolos debidamente.
  • Demandamos un ambiente de armonía entre nuestros hijos, pero “prestamos atención” (es decir, recompensamos) a los que chillan más para pedir cosas o a los que se muestran más celosos, de acuerdo con el principio de que “quien no llora no mama”.
  • Exigimos un trabajo cooperativo, pero al final alabamos a quien más se ha lucido y olvidamos a los demás.
  • Exigimos creatividad y brillantez, pero penalizamos a los que corren riesgos, y recompensamos a los rutinarios que siguen las pautas de siempre al pie de la letra.
  • Aconsejamos a los niños independencia de criterios en sus trabajos, pero reprimimos a quienes osan discrepar y discutir nuestras ideas.

La mejor solución para mejorar las conductas de nuestros hijos es establecer la relación adecuada entre el rendimiento y la recompensa. El éxito, debe medirse en términos de comportamiento. Si recompensamos el comportamiento correcto, obtendremos el resultado correcto. Dejemos de hacerlo, y obtendremos resultados imprevisibles, cuando no contraproducentes.

”¿Cómo aplicar los premios o recompensas?”

Hay que tener en cuenta dos premisas simples:

  • Dan mejor resultado los que se aplican en el mismo momento en que se produce la acción que queremos recompensar. Si los posponemos, ya nadie se acuerda de para qué se han establecido. La atención y el elogio deben prodigarse en el preciso instante en que el niño esté haciendo algo bien. En otras palabras: no es adecuado prometer una bicicleta a un niño “si aprueba a final de curso”. Es mejor comprar la bicicleta a principio de curso, y darle “minutos de uso de la bicicleta” como premio (a cambio) de horas de estudio comprobadas mediante la “toma” de lecciones o el repaso de la tarea que hayan hecho(por ej: cada 1/2 hora de trabajo eficaz, 15 minutos de bicicleta). Quien dice bicicleta, dice programas de TV, videojuegos, ordenador o cualquier otra actividad deseada por el niño.
  • No es necesario recompensar cada vez. Al principio quizá sí que sea necesario, pero más adelante es mejor recompensar de vez en cuando (cada 2, 3 ó 4 veces, sin que el niño pueda predecir cuándo van a hacerlo.

”Creemos que el último punto citado merece un mayor análisis:”

La forma de aprender de los humanos muestra que las recompensas “poco previsibles” provocan aprendizajes más fuertes que las “previsibles”. Si nos fijamos en las máquinas tragaperras, tendremos un ejemplo muy ilustrativo de lo que son las leyes del aprendizaje. Hay unas “máquinas tragaperras” que “recompensan” cada vez; por ejemplo: las máquinas expendedoras de helados. Cada vez que alguien tira las monedas, la máquina “recompensa” tal acción con un helado. Sin embargo la gente no hace adicciones patológicas a este tipo de artefactos. Los ludópatas (enfermos adictos al juego) acuden mucho más a las máquinas que dan (o no dan) recompensa en relación a contingencias de azar. La gente juega en las tragaperras con premios en monedas, una y otra vez, aunque pierdan (y generalmente pierden, pues por razones estrictamente matemáticas es inexorable que todos los que jueguen pierdan si juegan el suficiente número de veces). Vemos incluso a personas habituadas a las tragaperras como quien se habitúa a una droga. La recompensa “por azar”, imprevisible, crea hábitos de conducta muy fuertes.

Las recompensas, al principio, deben administrarse cada vez. A la larga, es suficiente con recompensar de vez en cuando. Hay que seguir el mismo método psicológico de las máquinas tragaperras (¡que es impecable!) No salen monedas de premio cada vez, sino de vez en cuando, a veces (las más) en poca cantidad; de tarde en tarde, en gran cantidad, siempre en forma imprevisible. Y las personas nos comportamos de acuerdo con los dictados de quienes programaron las tragaperras, los cuales no hacen sino aprovecharse de las férreas leyes psicológicas del aprendizaje. Aprovechemos también esas leyes para programar el aprendizaje de nuestros hijos.

”Establecimiento de conductas alternativas”

Hay veces en que no hallamos ninguna conducta para recompensar. En el caso de niños/as muy conflictivos nos podemos encontrar con que la mayor parte de sus comportamientos son indebidos. Vamos a exponer ahora la fórmula para “poner en marcha” comportamientos deseados, que luego podremos incrementar y mantener mediante las adecuadas políticas de recompensa.

En el momento en que un niño esté efectuando una conducta que queremos inhibir, ya hemos visto que el castigo no es suficientemente adecuado. Su eficacia momentánea no provoca los efectos a largo plazo que nos interesan Lo que mejor resultado da es el establecimiento de conductas alternativas. Parallo, deberemos informar verbalmente acerca de la no pertinencia de la conducta indeseada (pero sin exaltarnos; gritar sería un modo de castigo que queremos evitar).

A continuación, deberemos dedicarnos a iniciar junto al niño/a una nueva actividad (conducta alternativa) que le distraiga la atención de la anterior. Apenas inicie la nueva actividad, seguiremos con las pautas de recompensa (elogio, atención, etc.)

Este tipo de comportamiento provoca dos ventajas: conseguir que el niño cambie de actividad, y estrechar los lazos entre padres e hijos al obligarnos a realizar una actividad en común.

Por supuesto que ésta es una de las conductas más fáciles de recomendar que de poner en práctica… pero su eficacia es excelente. Si nos mentalizamos de que debemos actuar así (a pesar de nuestro cansancio, de nuestras tensiones, de nuestra agresividad) seremos capaces de hacerlo. Los efectos no solamente se observan en cuanto a modelar la conducta de nuestros hijos. También estamos mejorando los canales de comunicación con ellos, lo que producirá excelentes resultados a medio y a largo plazo.

Técnicas de sanción

Mantener una adecuada política de recompensas es uno de los métodos más adecuados para modelar la conducta de los niños, si se hace desde el principio. ¿Cuáles serán las técnicas más adecuadas para remodelar conductas ya existentes? Muy en especial, ¿cuáles serán las técnicas más interesantes para evitar las conductas inadecuadas en el momento en que se producen? ¿Como deberemos obrar para evitarnos tener que castigar? La respuesta a estos interrogantes es: empleando las técnicas de modelación de conductas alternativas, y las técnicas de sanción. Las analizaremos a continuación:

Muchas veces somos preguntados acerca de cómo conseguir que los niños aprendan normas. Para evitar el castigo, tal como lo hemos descrito más arriba, hablaremos ahora de las técnicas de sanción. Se trata de aplicar un tipo de sanción sobre la conducta indebida pero sin que tenga el efecto de un castigo (recordemos: momentáneo, desadaptador, angustiante).

Consideraremos como SANCIÓN cualquier método para hacer que la responsabilidad y las consecuencias de un comportamiento recaigan directa o indirectamente sobre quien efectúal comportamiento. Nos explicaremos.

La mejor forma como los humanos aprendemos a cumplir normas es que la responsabilidad de nuestros actos, o, lo que es lo mismo, la consecuencia de nuestras acciones, recaiga sobre nosotros mismos. Un ejemplo: si dejamos de trabajar sin causa justificada, veremos disminuir nuestros ingresos, con lo que la consecuencia de dejar el trabajo caerá sobre nosotros. Cualquier ser normal aprende rápidamente la siguiente norma: Es necesario trabajar para sobrevivir.

Veamos otro ejemplo: Si la norma es “Hay que lavarse las manos antes de sentarse a la mesa”, la mejor forma de hacerla aprender será que si no se lava uno las manos, no se le da de comer. En este caso, si no se hace la conducta (lavarse las manos), la consecuencia inevitable (no se come) recae sobre el desaseado. Con ello aprenderá rápidamente que hay que lavarse las manos porque si no, no se come.

En este caso la aplicación de la norma no es un castigo. No nos inventamos nada para castigar la conducta indebida (no lavarse las manos), sino que, simplemente, invocamos la aplicación de una norma “Hay que lavarse las manos antes de sentarse a la mesa”. Más adelante veremos las condiciones que deben cumplir las normas para ser razonables y coherentes.

El ejemplo que hemos ofrecido es relativamente sencillo. No siempre será tan fácil como en este caso. Hay normas que, al ser transgredidas, provocan consecuencias de forma automática. Por ejemplo: si dejamos de comer, viene hambre; si dejamos de lavarnos la ropa, iremos cada vez más cochinos. Estas normas son las más fáciles de aplicar, aunque a veces nos supongan algún esfuerzo de control. Por ejemplo: un niño aprenderá a lavarse las manos antes de comer, solamente si mantenemos en forma recta la norma de que cuando se lave las manos, pero no antes, podrá comer. Una norma suplementaria sería la de no comer cosas entre horas. Si el niño no puede comer por no haberse lavado las manos, pero luego le permitimos que “pique” cosas de la cocina o que se atiborre de pastelitos o chucherías, lo que el niño aprendería es: “Si no me lavo las manos es formidable; en lugar de sopa me hacen comer dulces”. También aprendería: “Esta gente no sabe por donde va; es fácil complicarles la vida y sacar ventaja de mis caprichos”.

Recordemos las normas generales de los sistemas de recompensa, y de qué manera es fácil equivocarse si recompensamos mal o fuera de tiempo.

Otro ejemplo de norma fácil de aplicar: la hora de irse a dormir. En principio es prudente que los niños tengan una hora estipulada para retirarse a su cuarto y dormir. Pero, si los padres así lo desean, pueden aplicar otra norma: los niños pueden ir a la cama cuando quieran, si por la mañana se levantan de forma estricta cuando se les despierte. Por ejemplo, esta norma sería razonable de aplicar en casos especiales: visita de algún familiar, fiesta familiar, algún programa de TV especialmente interesante para los niños.

No estamos proponiendo que los niños se queden a ver televisión hasta que les plazca. Los programas que ven los niños deben ser “censurados”. Lo que proponemos es que los niños se queden haciendo cosas que les distraigan, o trabajando, o participando en un acontecimiento familiar, o, de forma excepcional, viendo algún programa de TV adecuado para ellos, y que decidan por sí mismos la hora en que se acostarán para dormir.

Decimos que esta norma es fácil de autorregular porque con la conducta de dormir pasa lo mismo que con la conducta de comer: si no se hace, vienen más ganas de hacerla. De modo que el niño que una noche haya dormido un menor número de horas, más sueño tendrá a la noche siguiente. Con ello, le será fácil llegar a un equilibrio entre horas de sueño y horas de estar despierto hasta adecuar de forma razonable las horas de ir a la cama. La única condición (sanción): levantarse sin dilación a la hora estipulada. En las conductas que estamos diciendo no hay grandes problemas para “grabar” las normas, porque el mismo incumplimiento de la norma provoca la sanción.

Este tipo de conductas, en que es factible hacer recaer sobre los niños la consecuencia de su cumplimiento o incumplimiento, son las más fáciles de implantar. No siempre es tan fácil, pero pocas veces es imposible. Veamos algunas normas de conducta, y la forma de implantarlas.

Ejemplo: LEVANTARSE A LA HORA.

Conseguir que un niño (o un no tan niño) se levante a la hora en que debe hacerlo es más fácil de lo que puede parecer en principio. Se trata de conseguir que las consecuencias de incumplir la norma (no levantarse) recaigan sobre el personaje perezoso. ¿Cómo hacerlo? Pues de una forma bien sencilla. No ayudándole a remediar su cachaza. Es decir: no insistirle, ni gritarle, ni tirarle agua, etc. Dejar que se quede en cama y que cargue con las consecuencias de retrasarse, sean estas cuales sean. Si llega tarde a la escuela, que cargue él mismo o ella misma con las consecuencias.

¿Y si el niño/a es relativamente pequeño? La técnica es parecida, aunque el final es distinto. Se le llama al niño/a una sola vez, y se le advierte que a una hora determinada deberá salir de casa para ir al colegio, esté o no esté vestido. No se le dice nada más. Si sigue sin levantarse, le sacaremos de la cama y le llevaremos hastal recibidor, donde le daremos una moratoria de 5 minutos para que se ponga la ropa. Pasados los 5 minutos, le sacaremos al rellano, esté como esté, aunque dándole otra moratoria de 5 minutos2; pasado este tiempo, le llevamos al descansillo de entrada del edificio, y vuelta a repetir el drama si no ha cumplido el chico con la norma. Pero todo esto, recordemos, sin gritar, sin poner mala cara, etc. Simplemente estamos implantando una norma y hemos de mostrarnos rigurosos, pero no irritados. Lo más normal es que el niño/a aprenda la norma muy rápido, y que, todo lo más, llegue desvestido al rellano de su piso pero no más allá. Habrá pucheros o llantos el primer día, pero, muy probablemente no habrá segundo día. Si lo hay no pasa nada. Vuelta a empezar con lo mismo. Mano de hierro en guante de seda; sonrisa en los labios y aspecto cordial, pero, a vestirse a la escalera.

Es frecuente que los padres se quejen del desorden de sus hijos, sin pensar que las normas de orden son ellos (los padres) quienes las han inculcado. Si la cosa no funciona y los hijos son desordenados, esto es así porque los padres no han sabido inculcar correctamente las reglas que después anhelan. Las técnicas para inculcar orden son muy simples. Recordemos: se trata de que las consecuencias del desorden recaigan plenamente sobre los hijos.

Si estos son pequeños y no ordenan, por ejemplo, sus juguetes, basta con anunciarles que se les retirarán, durante un tiempo determinado, los juguetes que no ordenen en forma adecuada. Algo así como un “arresto” de los juguetes no sometidos a disciplina. Por supuesto, el segundo paso es: cumplir lo prometido, apartarles de la circulación los enseres. Puede dárseles una última oportunidad, pero si no cumplen, no hay que insistir. El efecto de la retirada de los instrumentos suele ser favorable a corto o medio plazo. Especialmente si el niño que sus juguetes van disminuyendo en forma alarmante.

Un punto complementario: devolvámosles todos los juguetes el primer día que empiecen a ordenarlos. Recordemos que las conductas recompensadas son las que mejor se aprenden. Si el niño ve volver sus juguetes en el momento de mostrarse ordenado, tendrá más motivos que antes para ordenar las cosas.

¿Qué hacer cuando los “niños/as” son mayores? Muchas veces oímos quejas de padres y madres acerca de la falta de orden de sus hijos universitarios, o de su falta de colaboración a las tareas de la casa.

El primero de los casos, la falta de orden, se trata de la forma siguiente: No ordenarles nada. Dejar que lo hagan ellos, o que no se haga. Todo lo más, si dejan sus cosas en lugares inapropiados, las llevaremos a su cuarto dejándolas amontonadas. Si no colaboran (llevar la ropa sucia al lugar adecuado, hacerse la cama, asear sus cosas…) no se las haremos nosotros. Dejaremos que su ropa quede sucia, su cama sin hacer y el cuarto convertido paulatinamente en leonera o covacha. La única precaución suplementaria es mantenerlo cerrado, fumigar los alrededores y no enseñarlo a las visitas. Si no reaccionan, seguiremos sin hacer caso, sin ordenar sus cosas, sin lavar su ropa o sin cambiar ni hacer la cama. Ya llegará el momento en que pasen a la acción, cuando se les acabe la ropa para mudarse, o cuando el cuarto huela a mugre. En suma, la regla de oro es: no hacerles las cosas, dejando que, si no las hacen ellos, las consecuencias caigan sobre ellos más pronto o más tarde. Si les ordenamos las cosas que ellos desordenan, les estamos “recompensando” su desorden. Es como si les dijésemos: “Como que eres tan desordenado/a, te doy el premio de ordenarte yo las cosas”. No sirven de nada los sermones, si no van acompañados de hechos concretos. No gastemos ni un segundo en pedirles que ordenen sus cosas; dejemos que las consecuencias del desorden caigan sobre ellos, lo que será, probablemente, la única posibilidad de motivación.



  • Vane Perez

    Muy interesante, me sirvió 🙂