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¿Cómo superar la muerte de un hijo?

De todas las pérdidas que un ser humano puede sufrir, seguramente la muerte de un hijo es la tragedia más grande y dolorosa a la que alguien puede enfrentarse.

La muerte de un hijo

Consideramos a nuestros hijos lo más valioso que la vida nos ha podido ofrecer, son la continuación de nosotros mismos y aquello que más queremos, por encima de todo lo demás. Los criamos, los alimentamos, les damos todo nuestro amor y esperamos que puedan crecer felices, que lleguen a ser autosuficientes y que algún día ellos mismos puedan crear su propia familia.

Se trata del ciclo de la vida, en el que los padres cuidan de sus hijos para que éstos, algún día, cuiden de los suyos y así sucesivamente. Cuando esta cadena se interrumpe sentimos que algo “natural” se ha roto, como si el seguir normal de las cosas se girase en nuestra contra, como si la vida misma hubiera cambiado de rumbo y ya no existiera sentido alguno.

Cuando algo así sucede, lo único que podemos hacer en un primer momento es llorar. Debemos padecer el dolor de la pérdida y sacarlo fuera para que no nos consuma por dentro. Los que están alrededor, amigos o familiares, deben estar con nosotros, compartiendo nuestra pena y ofreciéndonos todo su amor y comprensión. Pero, en esos primeros días, semanas e incluso meses, el dolor empañará nuestra realidad. Seguramente, ningún argumento racional nos podrá servir de consuelo, pues la primera fase del duelo son el dolor y la negación, es la emoción desgarrada que fluye por todos nuestros poros, sin dejar lugar a la comprensión o a la aceptación.

Poco a poco, conforme pase el tiempo, el dolor se irá reduciendo y dejará espacio a las preguntas, a las dudas y a la rabia. Querremos entender qué ha pasado y porqué. Buscaremos explicaciones, las imploraremos, las exigiremos. Hablaremos con nuestros seres queridos, en un intento desesperado de ordenar nuestra mente incrédula y perdida.

Los meses pasarán, incluso los años e iremos lamiendo nuestras heridas hasta que sanen del todo. Pero este tipo de traumas dejan cicatriz, deberemos aprender a vivir con nuestro pasado y a pesar de él, y deberemos intentar volver a ser felices, sobre todo por los que aún están con nosotros.  No debemos olvidarnos de los que quedan, otros hijos, amigos, pareja. También están sufriendo y nos necesitan a su lado, fuertes y recuperados.

Muchas veces, aconsejo realizar actos simbólicos de despedida, una vez las primeras fases del duelo hayan concluido. Debemos aprender a decir adiós y a continuar con nuestras vidas.

Siempre digo a mis pacientes, que la muerte es la mayor de las pérdidas y que cuando nos visita, envidio a aquellos que creen en otro mundo, pues les aporta paz y esperanza. De hecho, en otras culturas, la muerte, la vida, son solo un estadio más hacia otra cosa. Para ellos, el duelo es menos doloroso, pues sus creencias, su fe, les hacen relativizar la pérdida, viéndola simplemente como parte de un proceso.

En general, creo que nunca se llega a superar la muerte de un hijo, creo que es algo que siempre se lleva dentro, pero sí creo que se puede aprender a convivir con ello, e incluso volver a ser feliz. Sobre todo, si veis  que no tiráis para adelante, no dudéis en pedir ayuda, tanto a vuestro entorno como a profesionales. Quizás os puede ayudar el poder hablar con otras personas que hayan pasado por vuestra misma situación. La empatía puede ser la mejor píldora en estos casos.

Si en algún momento creéis desfallecer no os olvidéis de los que están aquí y os quieren y, por los que ya se han ido, no dejéis de luchar, es lo que ellos querrían.

Helena Romeu Llabrés

Psicóloga Clínica

Nº Col. 19543