La otra cara de la esquizofrenia: los síntomas negativos

Cuando hablamos de esquizofrenia se suele hacer siempre referencia a los “síntomas positivos”  (alucinaciones, delirios, comportamiento extraño, etc.). Estos afectan al contenido de los pensamientos, de las ideas y del lenguaje, como también a la conducta de quien padece esta enfermedad.

Pero estos síntomas no son los únicos pues también existen los llamados “síntomas negativos” que afectan de la misma manera a quienes padecen esta enfermedad.

Si es así, ¿por qué no se oye hablar de los “síntomas negativos”?

Estos síntomas serían los siguientes

  • Aplanamiento o embotamiento efectivo: El paciente puede tener dificultad para expresar lo que siente, pueden desaparecer los sentimientos de calor y afecto hacia los demás y puede tener cierta dificultad para comunicarse. Se puede observar en que no se expresan emociones con el rostro al hablar o el tono de voz es muy monótono y llano.
  • Disminución de la fluidez de pensamiento: El paciente puede tener cierta dificultad para mantener la atención y para atender a varias tareas a la vez así como también puede tener algunos fallos de memoria. Además puede presentar una disminución en sus capacidades para realizar algunas conductas creativas y socialmente aceptadas.
  • Falta de motivación y de satisfacción en la vida diaria.
  • Falta de habilidad para iniciar y mantener actividades planificadas.

Como podemos ver estos síntomas afectan la capacidad intelectual y afectiva de la persona y, por lo tanto, suponen una pérdida de capacidades para una vida adaptativa, afectando en el ámbito laboral, social, familiar y de pareja.

Esta afectación se da en mayor o menor grado según la gravedad de la enfermedad y el tratamiento, pudiendo llegar a quedar en una situación de incapacidad. Si bien es común que aparezcan siempre en los momentos más agudos de la enfermedad, si el tratamiento es adecuado, el paciente puede llevar una vida normal.

Las personas que tienen estos síntomas necesitan ayuda en las tareas diarias ya que, en muchas ocasiones, descuidan la higiene personal y el aspecto físico. A nivel social, esta situación puede ser interpretada como que son personas perezosas, dejadas o que no quieren salir adelante cuando, en realidad, son síntomas de la propia enfermedad y, pueden crear tanto en el enfermo como en el entorno, un sentimiento de culpabilidad.

Por lo tanto, puede que estos síntomas sean menos llamativos que los positivos (una alucinación, por ejemplo) pero sus efectos son igual de devastadores. A todo ello hay que sumar el hecho de que no se suelen tratar ya que a menudo se consideran síntomas irreversibles o inevitables y, por lo tanto, que no es necesaria la intervención terapéutica.

Además se suma la dificultad de que estos síntomas son más difíciles de reconocer como parte de este trastorno, ya que muchas veces se confunden con una depresión, consumo de sustancias o efectos secundarios de la medicación.

Desde los servicios sanitarios y educativos se ha trabajado para normalizar y dar una explicación más humana a la esquizofrenia (entendida como “psicosis”, es decir, los síntomas positivos) pero aún queda un largo camino para desestigmatizar los síntomas positivos.  Aquí un ejemplo:

¿Cómo se trata socialmente a una persona que tiene alucinaciones? Con la información que hay acerca de la enfermedad existe normalmente una comprensión acerca de la problemática asociada: se ve a esa persona como alguien enfermo y no agresivo cuando ya está siendo tratado. Pero si no se tiene información acerca de todas las caras de la esquizofrenia es complicado ser comprensivo – y ahora nos volvemos a referir a los síntomas negativos – con alguien que se muestra lento procesando la información, que no interpreta bien las emociones ajenas o que no quiere levantarte del sofá.

Aquí es donde se destaca la importancia del tratamiento multidisciplinar, contando con profesionales del área de la psiquiatría, de la psicología o de los servicios sociales entre otros. Cuando un enfermo de esquizofrenia ya está tratado por un psiquiatra y este tratamiento ha estabilizado los síntomas positivos (disminuyendo el malestar y la afectación que estos comportan a la vida del enfermo y de sus familiares) puede ser el momento de ocuparse de los síntomas negativos. Estos se pueden trabajar con el psiquiatra como también con terapia psicológica tanto con el paciente como con sus familiares. Asimismo, se pueden abordar des de los servicios sociales facilitando la adaptación del enfermo en el ámbito social y laboral.

Estas últimas intervenciones pueden mejorar sustancialmente la cualidad de vida del paciente junto con la de sus familiares. Por lo tanto, no deberíamos restarles importancia.

Magalí Andreu
Psicóloga