pederastia

El Angel y el Oso, en su exilio de las cumbres pirenaicas, tienen tiempo de meditar acerca de lo divino y lo humano. Hasta ellos han llegado noticias de un violador de las Baleares, para quien el fiscal solicita miles de años por haber violado 738 veces a la hija de su compañera. No menos interesantes son las noticias acerca del caso de perversión de menores en Sevilla.

OSO: Curioso oficio, ese de fiscal. Tener que andar contando las fornicaciones del infame padre adoptivo.

ANGEL: No vaya a creer que asistía como espectador privilegiado. La cuenta procede de un sencillo cálculo aritmético, habida cuenta que, a lo largo de ocho años, el incontinente y lúbrico tutor abusó de la niña dos veces por semana, aprovechando la hora de la siesta, a mayor abundamiento.

O: Es lo que se llama un hombre metódico y de costumbres regulares. Son temibles estos pediatras.

A: ¡Por Dios Bendito! Pederastas, es la palabra adecuada, y pederastia, el vicio. Los autores más conspicuos escriben también paidofilia o pedofilia.

O: Suena bastante mal.

A: Como cuadra a una perversión tan repulsiva.

O: No sé por qué me viene a la mente Michael Jackson.

A: Pobre desteñido. Según él dice, únicamente solicitaba dormir con efebos para protegerles en caso de sueños terroríficos. Sus palpaciones perseguían únicamente reconocimientos o medidas.

O: Los males de la modernidad.

A: No crea. Entre los romanos, que eran bastante calamitosos, los hijos de los esclavos acababan con frecuencia dedicados a la prostitución pederástica. Recibían nombres curiosos, que en latín parecen inofensivos, pero cuya traducción sonrojaría a un pirata borracho. Los “fellatores”, por ejemplo, se especializaban en succionar, no me pregunte usted qué. Niños esclavos para uso y consumo de anormales los ha habido en todas las épocas. Hasta algún rey, Enrique IV de Francia por ejemplo, tenía una bien provista escuadra de “mignons” para su personal tenencia y execrable dis­frute.

O: El sujeto detectado en Mallorca empezó a toquetear a la niña cuando ésta tenía seis años, y a violarla por completo a partir de los siete.

A: Típico caso de marginación, ignorancia y miseria.

O: Cierto. La gente de mayor posición, estudios y posibles, hacen las cosas mucho mejor. Acuden a Tailandia a través de lujosas agencias de viajes. Allí, las pequeñas, por un módico precio, están disponibles para este tipo de ejercicios, y sin riesgo de que el libertino infrinja retrógradas leyes, ni de que fiscales marisabidillos efectúen cálculos arriesgados.

A: Usted sí que hace cálculos arriesgados. Bien es verdad que los viajeros son gente de posición y medios. Pero las muchachas tailandesas siguen siendo el fruto de la ignorancia y la miseria, lo que equilibra la balanza. El pecado original iguala a todos los humanos en cuanto a pecaminosos y condenables.

O: Pues vaya y cuénteselo a las niñas, que estarán muy contentas.

A: Detecto cierta sorna en sus palabras.

O: ¡Por Dios! Nada más lejos de mi intención. ¿Estos pecados son más pecado con niñas o con niños?

A: El pecado es el mismo, si bien hay extremistas entre nuestras filas que todavía no lo ven claro. Los colegios religiosos de bien, por ejemplo, siguen manteniendo separación de sexos. Es muy probable que consideren más pecado los tocamientos cuando los sexos son distintos…

O: ¿O sea que los pederastas que participaban de los favores de los niños chaperos de Sevilla pecaban igual que si hubiesen actuado con niñas?

A: Lo mismo. Recuerde lo que le decía de los niños esclavos. Ahora la iglesia no admite la esclavitud (la dejó de permitir el siglo pasado) y los niños, al menos, cobran.

O: Exquisito “aggiornamiento” eclesial. El siglo pasado fue la revolución: dejaron de castrar a los niños cantores del Vaticano, prohibieron la esclavitud, admitieron que las mujeres tenían alma…

A: Es probable que ahí se precipitaran.

”La pederastia”

La pederastia, también llamada pedofília de unas palabras griegas que significan “tendencia a los niños”), supone la existencia de actividades sexuales con niños y niñas prepúberes (generalmente de 13 o menos años de edad). Para que el trastorno se considere como tal, el individuo que lo sufre debe tener, al menos, 5 años más que el niño. En Estados Unidos se considera que alguien puede ser pederasta a partir de los 16 años (mayoría de edad penal en la mayor parte de los estados).

No se trata de una perversión moderna. En la Grecia clásica era frecuente el contacto homosexual de varones con prepúberes. En el imperio romano, los hijos de los esclavos podían ser destinados al uso pederástico, y recibían nombres tales como “pueri meritorii, ephebi, concubini, etcétera” o “fellatores” si se especializaban en una determinada práctica.

Los pederastas suelen “especializarse”, pues les gustan niños o niñas de determinadas franjas de edad. Unos, preferirán niñas, cuyas edades más buscadas están entre los 8 y los 10 años. Otros, buscarán niños, los cuales son seleccionados de mayor edad. También las actividades de los pederastas son variables: los hay que se limitan a desnudar a sus víctimas y acariciarlas. Otros, efectúan actos de sexo oral, anal o vaginal, bien como agentes bien como receptores.

No es extraño que los pederastas pillados o denunciados, busquen excusas acerca de sus intenciones. Pueden explicar que sus acciones tenían “valor educativo”, “moralizante” o que las caricias, casuales, estaban hechas “sin malicia”. No es extraño que se escuden también en que el niño es “sexualmente provocativo”, y que “uno no es de piedra”.

No todos los casos acaban en sadismo o en la muerte del niño. Pederastas hay que colman a los niños de atenciones, con el fin de ganarse su “complicidad”. Los casos de pederastia con sadismo, deben considerarse como una complejidad, el sadismo, añadida.

Es relativamente frecuente que los pederastas victimicen a niños y niñas de su familia, ahijados o vecinos. También lo es ver casos de preceptores con sus alumnos, especialmente en internados. Muchos de ellos amenazan a sus víctimas con la finalidad de que callen. La amenaza más sutil, y, al mismo tiempo más cruel, es hacer creer al menor que él también es culpable, o que nadie le va a creer si el asunto se sabe. Especialmente dolorosos son los casos en que el adulto abusa de su condición o de su profesión: padres con sus hijos o hijas, educadores con sus alumnos, entrenadores deportivos con sus jóvenes pupilos…

Un punto espinoso: el menor puede tener sentimientos ambivalentes. Su sexualidad puede haber sido despertada, y haber percibido sensaciones de placer durante los actos de abuso. Ello añade ansiedad, sentimientos de culpa y probables trastornos sexuales de cara a la vida adulta.

Los avances permiten que los pederastas desarrollen mejores técnicas: a través de Internet es posible acceder a material pornográfico pedofílico, e incluso intercambiar o comerciar con niños. También es posible contactar con agencias que permiten adoptar niños del tercer mundo, a cambio de dinero y sin hacer demasiadas preguntas.

La pedofilia parece un trastorno típico de varones: un 90 % de abusos sexuales son cometidos por hombres. Muchos pederastas son incapaces de mantener relaciones sexuales con personas adultas. Se ha observado también que muchos de ellos creen, de forma sincera aunque errada, que “es correcto mantener relaciones sexuales con un niño si él está de acuerdo”.

”Sabía Ud. que…”

  • Desde los años sesenta se intenta emplear la castración para el tratamiento forzoso de pederastas, pero al menos un tercio de los castrados quirúrgicamente siguen siendo capaces de realizar actos sexuales.
  • La “castración química” con sustancias que bloquean la producción de hormonas sexuales parece útil en pederastas que, aún teniendo un elevado impulso sexual, no tienen personalidad psicopática ni antisocial.
  • Ciertos fármacos antidepresivos causan disminución del impulso sexual, por lo que también pueden ser empleados con éxito en algunos de los casos.
  • Los tratamientos farmacológicos deben ser complementados con tratamientos psicológicos, en los que se adiestre a los pederastas acerca de las responsabilidades que se derivan de sus conductas sexuales desviadas.

Cada apartado de “perversiones” está precedido por un diálogo entre dos personajes antitéticos, que nos sirve para subrayar cómo la realidad puede ser interpretada de maneras muy distintas. No nos afectan los hechos en sí, sino la forma cómo nosotros los vemos, como muy bien decía Epicteto, filósofo griego del siglo II A. J.C. y, además, estoico.

Mis personajes, el Ángel y el Oso, me fueron revelados mientras leía escritos relacionados con el “nonsense”, estilo literario basado en el juego entre conceptos ilógicos, cuya cima yo sitúo en Lewis Carroll. En la revista periódica “Madrid Cómico” del siglo XIX se publicó este poema, paradigma también del nonsense patrio:

Un Angel en el cielo

pidió a San Agustín un caramelo,

y un Oso en la Siberia

mordió a un viajero y le rompió unaarteria.

Los ángeles y los osos

han resultado siempre fastidiosos.

Mi sorpresa fue cuando, accidentalmente, conocí a ambos fulanos. Me los encontré en uno de mis paseos por los Pirineos leridanos. Al parecer, el Angel fue expulsado momentáneamente del paraíso a causa de su irreverencia. El problema es que, en la eternidad, el concepto de momentáneo puede ser bastante relativo. El Oso, también allí exilado, no anhela en exceso abandonar las altas cumbres, habida cuenta de que, entre los responsables del turismo ruso, no ha sido bien vista su travesura. La elección de un punto pirenaico español derivó, en el primer caso, de la relativa buena prensa de nuestro país (“La Católica España”) entre quienes de eso entienden, y, en el segundo, del predicamento que nuestras tierras ostentan entre las mafias rusas, verdaderos elementos de presión en esa inquietante unión de repúblicas (o lo que sea).

El Ángel y el Oso, desde su excelente punto de visión, contemplan displicentes, aunque no ajenos, lo que sucede en el mundo. La entrañable costumbre de muchos excursionistas de tirar papeles en la montaña les alcanza una cantidad de prensa que no envidiaría una hemeroteca. Para matar el tiempo discuten pacíficamente acerca de las noticias que les intranquilizan. El pacifismo, en este caso, es un tanto forzado, aunque explicable: el Oso no desea comprometer su posible ida al cielo (le encantaría conocer a San Francisco) y el Angel, bien que el Oso le disgusta por su olor y por su aspecto poco tranquilizador, no quiere cometer otra frivolidad como sería dar plantón al Oso, o tirarlo por un precipicio, como quien no quiere la cosa, empujándole disimuladamente con un ala.

El Angel, aunque ingenuo, es bastante rígido en cuestiones de moral. El Oso, aunque silvestre, es un posibilista escéptico, y un tanto socarrón.

No tuvieron reparo en hablar conmigo ni en contarme sus cuitas. La mayor parte de los excursionistas les suponen hippyes acampados, rarito el Angel tan rubito y aniñado, y no menos raro, por velludo y desaliñado, el Oso. No suelen acercárseles sino los niños, los cuales son llamados por los padres, de inmediato. Los lugareños de los pueblos cercanos, no se acercan por las cumbres. Si los campesinos reconocieran al oso como tal, acabarían pegándole un tiro por si estaba allí respondiendo a tenebrosos planes ecológicos. Los campesinos piensan, probablemente con acierto, que se empieza soltando osos y que se acaba vacunándoles o, lo que es peor, haciéndoles lavar los pies al menos una vez por semana.